Carta para el 14 de marzo de 2026, con ocasión del 183.er aniversario del nacimiento del Fundador, el Padre León Dehon.
“Entre Leones”
A los miembros de la Congregación
A todos los miembros de la Familia Dehoniana
Un conocido dicho afirma: “quien ha encontrado un amigo ha encontrado un tesoro” (Eclo 6,14). En estos días, cuando hacemos memoria agradecida del Venerable P. Léon Dehon, entre los muchos bienes que nos dejó en su patrimonio humano y espiritual, reconocemos el valor que tuvo la amistad en su vida. Él la cuidó siempre, tanto la amistad con el Señor como con sus contemporáneos: “Hermanos y amigos de Jesús, hijos y amigos de Dios nuestro Padre, tal es nuestra hermosa vocación”. [1]
Su abundante correspondencia confirma, en efecto, que tuvo buenos amigos. Entre ellos había eclesiásticos, personas consagradas y laicos. Desde la cercanía y el afecto, tuvieron su importancia en la historia vocacional y en los apostolados del P. Dehon. Uno de ellos fue Léon Harmel, con quien nuestro Fundador desarrolló parte de su inquietud social.[2]
En cierta ocasión, el P. Dehon le confió una carta al Sr. Harmel para que la entregara al Papa León XIII. La carta está fechada el 14 de marzo de 1895[3]. En ella, en pocas líneas el P. Dehon presentó al Papa su Instituto, que para entonces contaba con algo más de dieciséis años de existencia. Desde lo andado, el Fundador le hizo saber el objetivo de la Congregación: “cooperar al reinado del Sagrado Corazón de Jesús”. Le precisó al Papa, además, los principales recursos para hacerlo. En primer lugar: “viviendo piadosamente en comunidad y participando en los ejercicios ordinarios de la vida religiosa[4]”. Nuestra Regla de Vida lo traduce así:
Nuestra profesión de los consejos evangélicos,
vivida en comunidad,
es la primera expresión de nuestra vida apostólica,
ya que atestigua la presencia de Cristo
y anuncia el Reino de Dios que viene. (Cst 60)
A partir de esta primera disposición, nace, en espíritu de amor y de reparación, el apostolado. Como lo escribió el P. Dehon al Papa, este tiene su punto de partida en la adoración eucarística, “fuente de gracias para la Congregación y todas sus obras”[5]. Lo que, en palabras de la Regla de Vida, puede decirse de esta manera:
Por nuestra celebración,
unidos a toda la Iglesia
en la memoria y la presencia del Señor,
acogemos a Aquel que nos hace vivir juntos,
que nos consagra a Dios,
y nos envía sin cesar por los caminos del mundo
al servicio del Evangelio (Cst 82)
De este modo, cuando la vida y la misión están centradas en la ofrenda de Jesús al Padre y a la humanidad, el P. Dehon da a entender que la existencia queda impregnada del “espíritu de caridad y de compasión” que posibilita la entrega y la atención a los demás y, de manera preferencial, “a las obras sociales y a las misiones, dentro y fuera del país”.
A pesar de la debilidad de sus medios, en el momento en que el P. Dehon se dirige al Papa, ya la Congregación estaba presente en el mundo industrial (Val de Bois) y en tareas educativas y sociales en San Quintín (Francia), Ecuador y el norte de Brasil. También entonces se pensaba en la manera de acompañar a los emigrantes. Mientras tanto, las casas de formación para los más jóvenes en Europa cuidaban la preparación de “misioneros y apóstoles de los obreros”. Todo esto que el P. Dehon quiso compartir con el Papa, lo condensa nuestra Regla de Vida, de alguna manera, en la siguiente formulación:
Siguiendo a Cristo, debemos vivir
en una solidaridad efectiva con los hombres.
Sensibles a cuanto en el mundo actual
pone obstáculos al amor del Señor,
testificamos que el esfuerzo humano,
para llegar a la plenitud del Reino,
necesita ser constantemente purificado y
transfigurado por la Cruz y la Resurrección de Cristo. (Cst 29)
Para que esto acontezca, el P. Dehon nos enseña con su testimonio que, para lograrlo, se requiere un arduo y constante trabajo de equipo. De hecho, los “Leones” hasta aquí mencionados – el Papa, Harmel y Dehon– son figuras concretas que vivieron entre ellos, no sin dificultades e incomprensiones, una sólida y fecunda comunión. Cada uno de ellos, desde la propia vocación y responsabilidad, como consagrado o como laico, compartió la misma pasión: el amor al Evangelio y a la dignidad humana.
Pero ellos no fueron, ni son, los únicos “Leones” de la historia. Hay más. Muchos más, y con demasiada frecuencia, son de otro tipo. Los conoces, seguro. Son como aquellos descritos por el salmista en medio de su angustia:
Tendido estoy, por el suelo, entre leones que se comen a la gente;
sus dientes son como lanzas y flechas,
su lengua es una espada afilada. (Sal 57,4)
Los reconocía también el profeta Ezequiel señalando al gobernante que desvirtuó su responsabilidad ante su propio pueblo:
Hecho ya todo un león, iba y venía entre los leones.
Aprendió a desgarrar la presa, y devoraba hombres.
Hacía destrozos en los palacios y arruinaba las ciudades;
con sus rugidos hacía temblar a todo el mundo. (Ez 19,6-7)
No salimos del asombro y del dolor creciente causado por tanto león sanguinario en nuestros tiempos. Cuando pareciera que se consolidaban – ¿o nos engañábamos? – la fuerza de la palabra, el diálogo y el entendimiento, miles de rostros, lágrimas y heridas nos despiertan ante la crueldad del odio y la venganza encubiertos en drones y misiles que no conocen fronteras. Crecen el egoísmo y las manos que se cierran para golpear. Se apagan las voces y se encienden las sirenas.
En este tiempo de Jubileo dehoniano, en el que hemos sido convocados a renovarnos desde dentro a la luz de nuestro carisma, no nos inventemos leones, como lo hacía aquel perezoso queriendo justificar su indiferencia: “Para no trabajar, el perezoso pretexta que en la calle hay un león que lo quiere matar” (Pr 22,13). Hoy, en las calles, en los caminos y en los horizontes por donde nos movemos sí que hay fieras: identifícalas, dales nombre. Siguen dañando la vida, de muchas maneras. Las hubo en los tiempos de León XIII, Léon Harmel y Léon Dehon. Pero ninguno de ellos las ignoró, antes bien, las enfrentaron como mejor supieron.
Que la memoria de estos buenos amigos, enraizados en el Corazón que nos llama y que también nos quiere como amigos suyos, y no como siervos (cf. Jn 15,15), nos aliente a mantener viva y eficaz la esperanza y el compromiso con nuestros hermanos y hermanas que están sufriendo tantos desgarros. Para ellos, para nosotros, y para las vocaciones que Dios quiera suscitar en medio de su pueblo, que crezca el anhelo de dejarnos guiar por Aquel que se hizo servidor de todos:
Entonces el lobo y el cordero vivirán en paz,
el tigre y el cabrito descansarán juntos,
el becerro y el león crecerán uno al lado del otro,
y se dejarán guiar por un niño pequeño (Is 11,6)
En el Corazón que nos une,
Carlos Luis Suárez Codorniú, scj – Superior general
y su Consejo
[1] « Frères et amis de Jésus, fils et amis de Dieu notre Père, telle est notre belle vocation ». Léon Dehon, La vie intérieure, Bruxelles 1919 (VES 180). https://www.dehondocsoriginals.org/pubblicati/OSP/VES/OSP-VES-0005-0002-8060502?ch=180
[2] https://www.dehoniani.org/es/una-biografia-de-leon-harmel-un-companero-de-camino-del-p-dehon/
[3] 1LD 65900 https://www.dehondocsoriginals.org/pubblicati/COR/1LD/1895/COR-1LD-1895-0314-0065900
[4] «En vivant pieusement en communauté et en se livrant aux exercices ordinaires de la vie religieuse ». 1LD 65900, 1. https://dehondocsoriginals.org/pdf/COR-1LD-1895-0314-0065900.pdf
[5] « source de grâces pour la congrégation et pour toutes ses œuvres ». 1LD 65900, 1. https://dehondocsoriginals.org/pdf/COR-1LD-1895-0314-0065900.pdf


