In sudore vultus tui vesceris pane, donec reverteris in terram de qua sumptus es: quia pulvis es et in pulverem reverteris (Gn 3,19). Comerás el pan con el sudor de tu frente hasta que vuelvas a la tierra de donde fuiste sacado: porque eres polvo y al polvo volverás (Gn 3,19).
Primer Preludio. El sacerdote traza hoy sobre mi frente con ceniza el signo de la penitencia y el signo de la muerte. Segundo Preludio. Haced, Señor, que este recuerdo me inspire una verdadera penitencia y me prepare para una santa muerte.
PRIMER PUNTO: Recuerdo de la muerte y del pecado.
¿Qué son el polvo y la ceniza? Son el signo de la destrucción; es el sello que el tiempo, el incendio y la muerte imprimen a las cosas de la tierra. ¿Qué queda de los monumentos más famosos de la antigüedad, de las capitales más ilustres, de la Roma antigua, de Atenas, de Tebas, de Babilonia? Ceniza y polvo. ¿Dónde están esos edificios suntuosos, esas obras maestras del arte que llamaban las maravillas del mundo? Ceniza y polvo. ¿Dónde están los restos de los héroes y de los sabios de antaño? Ceniza y polvo.
La Iglesia quiere que, después de las fiestas mundanas de los días pasados y antes de la gran cuarentena, recordemos la vanidad de las cosas humanas; pero quiere sobre todo que meditemos sobre nuestro origen, sobre la creación, el pecado del primer hombre y sus consecuencias: «Recuerda que saliste del polvo y al polvo volverás». Es la sentencia divina tras la caída. El hombre fue sacado de la arcilla, pero no debía volver a ella. Debía ser confirmado en gracia y glorificado tanto en su cuerpo como en su alma. Pecó, y con el pecado la muerte entró en el mundo: Per peccatum, mors (Rm 5,12).
¡Qué estragos! La concupiscencia y la muerte son los frutos del pecado. La Iglesia nos propone hoy esta meditación fundamental. He pecado en Adán, he pecado durante toda mi vida, moriré. Perdón, Señor, por los pecados de todos mis hermanos en Adán, perdón por todos los míos. Lloro por haberos ofendido y ultrajado. Moriré, pero antes quiero reparar mis faltas, borrarlas por la penitencia y merecer la resurrección, por la gracia de vuestro Corazón inmolado y misericordioso.
SEGUNDO PUNTO: Signo de debilidad.
¿Qué soy yo? Ceniza y polvo. El polvo es arrastrado por el viento. Así sucede con mi pobre naturaleza. Soy accesible a todo viento de tentación. Soy tan débil en mi alma como frágil en mi cuerpo. Mi voluntad es tan móvil como el polvo. ¿De qué puedo, pues, enorgullecerme? ¡Qué lección de humildad! «¿Por qué se enorgullecen la arcilla y la ceniza?», dice el Sabio (cf. Sir 10,9). «Todos los hombres», dice también, «no son más que tierra y ceniza» (17,31). Los pueblos, tras un rápido resplandor, son como un montón de cenizas después del incendio, dice Isaías (cf. Is 33,12). Nuestra vida se irá como se apaga una chispa, dice el Sabio, y nuestro cuerpo caerá en cenizas (Sab 2,3). Abraham decía: «¿Osaré hablar a Dios, yo que no soy más que ceniza y polvo?» (Gn 18,27). Sin embargo, habló a Dios con humildad y confianza.
Tal debe ser el fruto de esta ceremonia. Debo recordar, todos los días, mi nada y mi fragilidad. El signo material se borrará de mi frente, pero el pensamiento que expresa debe quedar grabado en mi memoria. No soy nada, sin embargo iré a Dios, pero iré con humildad. Iré deplorando mis faltas, iré haciendo reparación y enmienda honorable por mis pecados y los de mis hermanos. Iré con la conciencia de mi debilidad, pero confiado a pesar de todo, porque Dios es bueno, porque el Hijo de Dios tomó un corazón para amarme y rompió ese corazón para dejar fluir sobre mi alma el perfume de su misericordia.
TERCERO PUNTO: Símbolo de penitencia.
La ceniza siempre ha simbolizado la penitencia. Aquel que pone ceniza sobre su cabeza y sobre sus vestidos quiere significar que está triste hasta el punto de descuidar el cuidado de su apariencia. Judit, en su luto patriótico, pone ceniza sobre su cabeza. Mardoqueo expresa de la misma manera el luto de su pueblo. Los Macabeos lloraban y se cubrían de cenizas. En otro sentido, la ceniza de la novilla inmolada se mezcla con el agua para formar el agua lustral que borra las impurezas legales (Números 19,2). Los que son asperjados con esta ceniza húmeda son purificados, porque participan en el sacrificio.
Nuestro Señor alude a la ceniza como símbolo de penitencia cuando dice a las ciudades culpables, Betsaida y Corozaín: «Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los prodigios que se han realizado en vosotras, hace tiempo que habrían hecho penitencia con el cilicio y la ceniza» (cf. Mt 11,21). ¿Cómo haré penitencia en esta Cuaresma? Cumpliré primero, en la medida de lo posible, los preceptos de la Iglesia sobre la abstinencia y el ayuno; después moriré a mis hábitos, a mi tibieza, a mi cobardía, a mi sensualidad, a mi naturalismo. ¡Que las cenizas sobre mi cabeza expresen esta muerte! ¡Que muera por la penitencia para revivir por la gracia! Pero que no olvide cuál es la penitencia preferida por el Sagrado Corazón de Jesús: es la penitencia por amor, es el pesar de haber ofendido al mejor de los padres y de los amigos, al Salvador y Redentor de mi alma.
Resolución. Estoy triste y siento la necesidad de hacer penitencia hasta la resurrección pascual. Todos los días formularé mi penitencia en espíritu de amor, y la realizaré mediante la mortificación y un verdadero cambio de vida. Me uniré al Corazón de Jesús, víctima de reparación y de salvación.
Coloquio con Jesús predicando la penitencia.



