Nueva misión en Cuba: en el corazón de la precariedad y la mala gestión
El 8 de diciembre, el Superior General, el Padre Carlos Luis Suárez, envió a tres Sacerdotes del Sagrado Corazón a Cuba. Al enviarlos, declaró que seguían el carisma del fundador de la Congregación, el Padre León Dehon, que consiste en «estar allí donde el Corazón de Jesús sufre, junto a los pequeños, los pobres y los abandonados». Están «llamados a practicar la cercanía, el acompañamiento espiritual y la promoción de la esperanza. Esta misión no consiste en grandes acciones, sino en una siembra paciente y un testimonio de fraternidad».
Hoy, algunos meses después del envío a Mantua, el Padre Francisco Javier Luengo Mesonero SCJ hace un primer balance. Es el Superior en Cuba, donde vive y trabaja con dos cofrades: «El Padre David Adolfo Oropeza SCJ, de Venezuela, es párroco y además un excelente cocinero y agricultor. El Hermano Dennys Alejandro Vélez Alava SCJ está aún en formación y aporta su experiencia con los niños y jóvenes. Es también el ecónomo de la comunidad».
La Iglesia ya no estaba presente en el lugar
Mantua es un municipio rural situado en el extremo occidental de la hermosa isla de Cuba. Cuando se vive aquí el tiempo suficiente, uno se da cuenta de que es una especie de terminal, el final del camino, un finis terrae físico y existencial. No solo está lejos de todo, sino que es de difícil acceso, ya que las carreteras están llenas de baches y no se han reparado en más de 60 años. En dirección norte, desde Mantua, es aún peor. Este sentimiento de abandono y deterioro fue lo primero que nos impactó al llegar.
Este abandono también lo vivieron de cerca los habitantes de Mantua con respecto a la Iglesia. Vieron desfilar párrocos que no se quedaban más de cuatro o cinco años. Los dos últimos párrocos atendían parroquias situadas a dos horas de aquí.
El abandono de una comunidad puede ser insoportable para un pastor atento y benévolo. En este caso concreto, ese pastor existe: se trata de Monseñor Juan de Dios Hernández, obispo de Pinar del Río, que intentó por todos los medios a su alcance atender a estas comunidades aisladas. Para ello, llamó a muchas puertas hasta que encontró respuesta en los Dehonianos.
El deseo de una nueva misión
Desde mi infancia, he acariciado el deseo de trabajar en un país distinto al mío. Ahora, a los 54 años, me pregunté si lo que había vivido hasta ahora era todo lo que la vida podía ofrecerme. Me sentía un poco insatisfecho y también un poco decepcionado por un estilo de vida que quizá había caído demasiado en la rutina, cómodo y sin riesgos. Esto hizo resonar en mí, con fuerza, la llamada de la Congregación para esta nueva misión.
La precariedad marca la vida en Mantua, Pinar del Río, Cuba
La parroquia se sitúa en un pequeño municipio rural de la parte más occidental de la isla. Se caracteriza por su aislamiento, siendo la última localidad al final de una carretera casi impracticable. A partir de aquí, hay varias comunidades de diversos tamaños, sobre todo al norte, en la costa. Están cerca unas de otras, pero aquí las distancias no se miden en kilómetros, sino en horas. Arroyos de Mantua está a 13 kilómetros, pero se tarda una hora en llegar en moto; en coche es muy complicado. Dimas está a 40 kilómetros, la carretera es un poco mejor, pero se tardan de dos a dos horas y media en llegar.
La realidad aquí es la misma que en toda Cuba: pobreza, escasez, falta de gasolina, ausencia de transporte y precios extremadamente elevados. Casi todo el mundo posee un pequeño campo donde cultiva arroz, maíz, tabaco y otras hortalizas y tubérculos. Cada vez que paseo por los alrededores, tengo la impresión de haber regresado a un pasado preindustrial: yuntas de bueyes con arados, coches de caballos, campesinos curtidos por el sol bajo sombreros de paja de ala ancha.
En el plano eclesial, la diócesis de Pinar del Río es un desafío. La fe se ha mantenido aquí sobre todo gracias a las abuelas que cuidaban las iglesias y enseñaban la fe a sus nietos, arriesgando su propia vida, libertad y derechos. Numerosas personas nos cuentan historias de opresión política y religiosa que algunos pagaron con la cárcel o la pérdida de derechos o privilegios.
El ateísmo se sigue enseñando en las aulas y, aunque la Iglesia es respetada, sentimos el ojo inquisidor del Estado en todo lo que hacemos. No se puede hablar abiertamente de cuestiones políticas o sociales. Siempre hay alguien escuchando y dispuesto a informar a las autoridades de lo que uno hace y dice. En este entorno, la Iglesia es una comunidad sufriente que a veces tiene que enfrentarse a la incomprensión y las dificultades. Hay muy pocas vocaciones, y algunos sacerdotes jóvenes no soportaron las condiciones de aislamiento e inseguridad y tuvieron que emigrar.
Las tareas pastorales son las habituales de una parroquia: celebraciones litúrgicas, catequesis, grupo de jóvenes, visitas a enfermos y Cáritas, entre otras. En este contexto concreto, queremos, tras varios años sin sacerdote, retomar poco a poco las actividades de la parroquia. Bajo un régimen comunista, las actividades permitidas son muy limitadas; deben restringirse casi exclusivamente al ámbito religioso y casi nunca pueden tener lugar en el espacio público.
Condiciones de vida tan duras para los padres como para los habitantes
Cuba atraviesa la peor crisis de su historia. Setenta años de comunismo han terminado por paralizar la economía de la isla. Las condiciones de vida son muy difíciles. Cada día hay que ponerse en marcha para sobrevivir e intentar traer a casa algunos alimentos y artículos de primera necesidad. Casi todos los empleos son estatales, todo el mundo trabaja para el gobierno. Los salarios son ridículamente bajos. Un maestro no gana más de cuatro mil pesos, lo que supone menos de diez dólares.
Aunque existen alimentos básicos subvencionados como el arroz, el aceite o los frijoles, los precios de la carne, el pescado o el café corresponden a los de los mercados europeos. Algunos ni siquiera tienen una comida al día en la mesa, a otros les falta todo lo demás. Reina una atmósfera de desesperación y pesimismo. Los jóvenes solo piensan en cómo abandonar la isla para tener un futuro.
A esto se añade el hecho de que se vive constantemente en la incertidumbre de saber cuándo habrá electricidad o no. En nuestra región, el suministro medio es de cuatro horas al día, repartidas entre el día y la noche. En cuanto hay luz, la gente se apresura a cocinar o a lavar la ropa. Se suma una burocracia absurda y humillante que enreda a la gente en un laberinto de solicitudes y reglamentos que deben cumplir de manera totalmente ineficiente.
Por ejemplo, hay tiendas donde solo se puede pagar en moneda local, mientras que otras solo aceptan dólares. Hay productos disponibles solo con dinero virtual, mientras que otros superan la cantidad que se puede retirar diariamente del banco. A veces la gente va de un sitio a otro para ver si hay algo de carne o pan en tal o cual tienda. A veces hacen colas interminables esperando comprar medicamentos que solo llegan una o dos veces por trimestre en pequeñas cantidades.
La realidad te desafía cada día de forma imprevista. Estamos acostumbrados a un sistema social, económico y político que tiende a facilitar la vida. Aquí parece ser al revés: la vida se vuelve cada día más difícil para la gente sencilla, y el Estado se la complica aún más introduciendo más restricciones y controles.
Esta realidad es para nosotros un gran desafío. Sobre todo porque nos toca personalmente, ya que formamos parte del pueblo y no tenemos privilegios. Sabemos que nunca estaremos en la misma situación de precariedad que la gente, pero vivimos los mismos apagones, la misma incertidumbre, las mismas dificultades para conseguir comida o suministros. Cada día es un reto.
Esto nos hace vulnerables, pero al mismo tiempo da sentido a nuestra presencia aquí. La gente lo sabe y nos ayuda a superar todo tipo de adversidades.
Situación difícil para la Iglesia católica en Cuba
La situación de la Iglesia no es sencilla. Desde hace más de 60 años se enseña el ateísmo práctico, en las escuelas y en las calles. Desde la visita del Papa Juan Pablo II hace más de 25 años, comenzó una fase de tolerancia. Actualmente, las autoridades colaboran con nosotros, nos proporcionan cierta cantidad de gasolina y ofrecen algunas ayudas. No obstante, sentimos siempre el control sobre todo lo que hacemos. Las actividades no deben superar lo puramente religioso. Mucha gente ha perdido todo vínculo con el cristianismo, lo que dificulta mucho la evangelización. Se suma la gran influencia de las sectas evangélicas presentes en todos los barrios, que no nos son favorables.
Otro problema serio es la falta de vocaciones. Apenas es posible ofrecer una catequesis y pastoral juvenil adecuadas que lleven a una decisión vocacional. Además, muchos sacerdotes jóvenes abandonan el país en cuanto tienen oportunidad. La Iglesia católica es una Iglesia sufriente, que sufre con el pueblo y vive para el pueblo. Los obispos son verdaderos pastores, sencillos y comprometidos, al igual que la mayoría de los sacerdotes y laicos. La vida consagrada es un ejemplo de fraternidad, aunque ha disminuido mucho. Actualmente, la Iglesia es el único interlocutor social que planta cara al régimen y a menudo llena los inmensos vacíos de suministro que el Estado no puede o no quiere cerrar.
Comedores sociales, jardines de infancia, residencias de ancianos, distribución de medicamentos: la Iglesia realiza muchos esfuerzos para aliviar la crisis. La gente lo sabe y nos tiene un gran respeto.
«La gente es el verdadero capital»
Los cubanos son fundamentalmente buenos. Como todos los que han sufrido, siempre están dispuestos a compartir y ayudar. No podríamos sentirnos más «en casa». La gente hace lo imposible para que estemos bien. Todo el mundo te acoge en su casa, aunque no sea creyente. La gente es el verdadero capital de esta sociedad tan maltratada.
Nos dan el sentimiento de estar en casa y nos motivan a continuar nuestro trabajo recién comenzado. El compromiso de los cristianos es admirable. Mantuvieron la parroquia cuando no había sacerdote. Ninguna actividad se interrumpió. Esto dice mucho de la fe profunda de esta gente.
Cómo traducen los Sacerdotes del Sagrado Corazón el «Sint unum»
Los valores dehonianos se viven de forma muy distinta en esta parte del mundo. Sin duda, el Ecce Venio —la actitud de Jesús de entregar totalmente su cuerpo y su vida— cobra todo su sentido en Cuba. Cada día es un ejercicio de disponibilidad, una voluntad de abrirse a la voluntad de Dios entre dificultades y privaciones.
Los planes establecidos de antemano sirven de poco. Hay que estar agradecido por todo lo que sale bien. El Sint Unum se vive de dos maneras: como deseo y como descubrimiento. Una sociedad desgarrada por la ideología, donde la gente no se atreve a decir su opinión; familias separadas por el drama de la inmigración; el fracaso de proyectos de vida —todo ello reclama reparación y sentido de comunidad. La gente necesita pertenencia y responde con un verdadero deseo de unidad. Para mí es un descubrimiento, una experiencia del Sint Unum nunca vivida antes.
Límites y aprendizaje personal
No encuentro demasiados límites —más bien desafíos de una vida para la que no estaba preparado. No vengo del campo y no sé hacer muchas cosas necesarias aquí: reparar objetos, cultivar un huerto, cocinar o resolver situaciones inéditas. De la gente recibo solo gratitud. El aprendizaje es total. He tenido que aprender a conducir moto, encender carbón, poner cables; nunca había sido párroco y ahora debo ocuparme de una parroquia con mis hermanos.
A veces me siento un poco inútil; siempre he sido urbanita y torpe con las manos. Pero esta inseguridad me enseña paciencia. Sin paciencia, no se puede vivir en Cuba.
La misión puede echar raíces
Creo que la simple presencia en Mantua ya es un éxito. Más allá de eso, no se pueden tener expectativas. En un año, sería feliz si los tres siguiéramos tan entusiasmados como ahora viviendo el día a día con esta gente, sin sucumbir al pesimismo. Si además tuviéramos algún panel solar y alguna gallina más, sería maravilloso.
Fuente: scj.de






