31 maio 2026
31 mai. 2026

“Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre.”

En la fiesta de la Visitación de la Bienaventurada Virgen María, Jesús y su Madre nos colman de numerosas gracias. Leamos al respecto la sexta meditación del Padre Dehon sobre la Visitación, extraída de "Couronnes d’amour au Sacré-Cœur", escrita en enero de 1905.

por  Léon Dehon

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Apenas su pequeño corazón ha comenzado a latir, Jesús ya quiere probar su amor y difundir sus beneficios. Juan Bautista y toda su familia experimentan primero este amor ardiente de Jesús que María trae consigo.

Celo ardente y presuroso

Cada latido del Corazón de Jesús tiene, por así decirlo, su eco en el de María, de modo que el amor en estos dos corazones se vuelve el mismo, asume el mismo objeto, la misma intensidad y desborda sobre los hombres.

Jesús ya ha testimoniado su amor a su Padre por su acto de oblación; ha colmado a su Madre de dones maravillosos; ha santificado a san José, su padre adoptivo. Ahora, quiere llevar gracias de elección a su precursor, san Juan Bautista. Él atrae a María a este viaje misterioso. El amor les da alas a ambos. María, totalmente embriagada por el celo ardiente y presuroso de Jesús, corre, vuela a través de montes y valles: “abiit in montana cum festinatione” [Lc 1,39]. Es un viaje de cien kilómetros que se realizó, probablemente, en tres días.

Jesús se ha entregado a su Padre y a las almas por su acto de oblación. Él arde en deseos de comenzar la redención. Inflama a María con su celo. Sus dos corazones no son más que uno. ¡Qué amor nos testimonian y qué lección de celo para nosotros!

Magnificencia maravillosa

Jesús y María traen inmensas bendiciones. Juan Bautista se estremece en el vientre de su madre bajo la bendición de Jesús. Es el estremecimiento del amor y del celo. Él ya quería anticiparse a los años y predicar el amor de Dios y el arrepentimiento por los pecados cometidos.

Isabel y Zacarías profetizan. Zacarías es curado de su mutismo. Todas las gracias se reúnen: santificación y vocación del precursor, curación milagrosa, don de profecía. ¡Qué magnificencia!

Jesús pasa haciendo el bien: “transiit benefaciendo” [Hch 10,38]. ¡Ah! ¡Qué grande es su bondad y cómo esta primera manifestación está llena de promesas! Jesús ha venido, por tanto, a la tierra para abrir las fuentes de todas las gracias, y María es como el carro de fuego que transporta al Mesías. ¿No exige su bondad una inmensa confianza y una inmensa gratitud?

Oración y acción de gracias

Jesús también nos da, en esta circunstancia, el don de la oración. Él se propone enseñarnos más tarde el Pater [Padre Nuestro], la oración por excelencia. Mientras tanto, nos da el Ave María, el Magnificat y el Benedictus. El ángel había comenzado el Ave María en la Anunciación; Isabel lo continúa: “Bendita tú eres entre todas las mujeres, le dice a María, y bendito es el fruto de tu vientre” [Lc 1,42]. Bastará que la Iglesia añada una invocación para que tengamos el saludo angélico, la oración más bella después del Pater.

“Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. Toda la doctrina de la redención está allí resumida. El Salvador está con María para bendecirla y para derramar por medio de ella sus gracias sobreabundantes sobre todas las almas de fe y de oración.

Las oraciones de acción de gracias también quedarán fijadas desde aquel día. El Magnificat y el Benedictus serán para siempre los cantos de acción de gracias de la Iglesia y de las almas piadosas. Era conveniente que en esta primera manifestación de los beneficios de la encarnación de Jesús y de su oblación, tuviera lugar también la primera explosión de acción de gracias de la Iglesia, que estaba entonces representada por las dos familias de Jesús y de Juan Bautista.

La acción de gracias, unida al amor más ardiente por el Salvador y al arrepentimiento más vivo por haber ofendido a un Dios tan bueno, tales deben ser nuestras disposiciones al final de estas meditaciones sobre la oblación del Corazón de Jesús.

Resolución. – Oh Jesús, con María me entrego a vuestro Corazón, a vuestro amor; con vos, me entrego a vuestro Padre. Ave Maria gratia plena! Pater noster, adveniat regnum tuum! Magnificat anima mea Dominum! ¡Amor, arrepentimiento, acción de gracias! Estos sentimientos desbordan de mi corazón.

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