17 diciembre 2021
17 dic 2021

«Centinela, ¿cuánto falta para que amanezca? »

«Centinela, ¿cuánto falta para que amanezca? »
Carta de Navidad 2021
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Queridos hermanos y todos los miembros de la Familia Dehoniana:

En el noroeste de Mozambique, en la provincia de Zambezia, la Familia Dehoniana tiene una presencia significativa. Los religiosos SCJ, la Compañía Misionera y grupos laicales como la Familia del Sagrado Corazón colaboran en tareas pastorales, sociales y educativas. Desde su singularidad, cada uno busca vivir y compartir el Evangelio. A lo largo del tiempo los frutos no han faltado, pero tampoco las dificultades. Una de las mayores, sin duda, fue la guerra que asoló el país del año 1977 a 1992. Fue un periodo cruento en el que, además de las atrocidades cometidas por los bandos enfrentados, se expropiaron las misiones y los bienes de la Iglesia. Muchas actividades cesaron y las comunidades cristianas, dispersas en un enorme territorio, quedaron aún más aisladas y distantes de la compañía de los misioneros.

Sin embargo, la vitalidad de aquellas comunidades no se detuvo. Aunque rara vez podían celebrar la Eucaristía, no se resignaron a privarse de ella. Tanto es así, que sus responsables acordaron que en fechas señaladas algunos de ellos fueran al vecino país de Malawi para recibir el Santísimo Sacramento y traerlo de regreso a sus aldeas, donde todos podrían adorarlo y compartirlo. Se trataba de un viaje largo, de más de una semana de duración, sorteando un sinnúmero de peligros. La ruta era arriesgada. Se caminaba de noche. Durante el día se permanecía en lo alto de los árboles, descansando y ocultándose de los grupos armados. Mientras tanto, otros miembros de las comunidades se ocupaban de atender las tierras cultivadas de quienes habían ido en búsqueda del Pan de la Vida. Todos atentos y disponibles para servir.

Hazañas así no distan de lo vivido por otras buenas gentes, mucho antes, en tierras de Judá. Los conocemos. Se trataba de un grupo que pastoreaba rebaños por la región y de unos hombres de ciencia que venían de más lejos. Ambos, desde rutas distintas, coincidieron en Belén. Los pastores llegaron alentados por el Ángel del Señor y el querer de ellos mismos. Los sabios, a su vez, alcanzaron la ciudad de David sirviéndose de sus conocimientos, de la guía de una estrella e incluso de las indicaciones de un fatídico gobernante.

Unos y otros, como también los cristianos de Zambezia, corrieron riesgos al salir de sus espacios y de sus ocupaciones cotidianas. Les tocó sortear lo incierto de la noche, las artimañas de Herodes o bien la violencia desatada, con frecuencia camuflada en campos sembrados de minas. Sin embargo, porque sabían bien de quién se fiaban, dejaron atrás lo suyo y las rutinas de cada día. De hecho, llegados al destino, ninguno quedó defraudado ante el misterio sorprendente que contemplaban. Los pastores y los sabios se toparon con la simplicidad de María, el amor probado de José y la ternura del recién nacido, «Salvador, Mesías Señor» (Lc 2,11). Los enviados de las comunidades, por su parte, contemplaron el misterio del mismo Niño hecho Pan que, sin reserva alguna, se confiaba a aquellas manos encallecidas para hacerse con ellos desplazado y compañero de camino.

Testigos de la Buena Noticia, estos verdaderos adoradores del Dios vivo y encarnado nos descubren el dinamismo de la vocación adoradora que compartimos. Como nos recuerda el Papa Francisco, «si perdemos el sentido de la adoración, perdemos el sentido de movimiento de la vida cristiana, que es un camino hacia el Señor, no hacia nosotros» (Homilía en la Epifanía 2020). Se trata, precisamente, del mismo camino que «nos hace estar atentos al amor y a la fidelidad del Señor en su presencia en nuestro mundo» (Cst 84). Es el “estar atentos” que libera la vida cristiana de un simple quehacer de centinelas inmóviles en sus torreones, capaces tan solo de constatar el devenir del tiempo (cf. Is 21,11-12). Bien al contrario, el misterio que celebramos nos motiva a adentrarnos en el estilo de Dios, que se involucra entrañablemente en la historia y en sus vicisitudes, para disipar tinieblas, dignificar la vida y reparar tanta brecha.

Se trata, pues, de contemplar y acoger lo acontecido en Belén como don que llama a colaborar con Jesús, Palabra fiel del Padre, a favor de esta humanidad que tanto ama. María lo hizo ofreciendo su disponibilidad sin condiciones. José con su solidaridad amorosa. Los pastores y los sabios con el anuncio gozoso de cuanto vieron. Todos servidores y sin más ambición que la de dar gloria a Dios custodiando la vida contra toda amenaza y marginación.

Que lo acontecido en Belén nos aleje de vivir distraídos y sin la luz de la Palabra, que tiene tanto que decirnos (cf. Mt 4,16-17). Necesitamos oírla, acogerla y seguirla, como la familia de Nazaret y aquellos decididos cristianos de Zambezia. Como en ellos, que nuestra esperanza sea gozosa y en toda hora arraigada en Jesús, Buena Noticia para este mundo, casa de todos. Lo pedimos también para nuestra próxima Conferencia general. Que su Palabra nos ayude a “estar atentos” como discípulos para adorar a Dios y servir como prójimos a su pueblo. La celebración de la Navidad, en fin, nos enseñe a «contempler le miracle quotidien de la charité» (P. Dehon, Le Règne du Cœur de Jésus, junio 1902).

Les deseamos una muy Feliz Navidad y un año lleno de bendiciones.

Fraternalmente, in Corde Iesu,

P. Carlos Luis Suárez Codorniú, scj
Superior general y su Consejo


🇩🇪 “Wächter, wann bricht der Morgen an?”

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