Sobre la Eucaristía y la comunión, podemos leer a continuación algunos extractos de los escritos de nuestro Fundador, el padre León Dehon, en sus «Notas sobre la Historia de mi vida» (NHV 5/168-172), escritas en Roma de 1864 a 1865.
– ‘Non relinquam vos orphanos’ [Jn 14,18]. El amor de Nuestro Señor no se habría sentido satisfecho si solo hubiera rozado la tierra. Su unión con nosotros habría estado demasiado limitada por el tiempo, el espacio y la forma. Él quiso ser nuestro en todas partes y siempre en el misterio de la Eucaristía, y a través del modo más íntimo de unión, convirtiéndose en el alimento de nuestras almas. Es ventajoso, para que nuestro afecto por él no tenga nada de humano, que no lo percibamos a través de los sentidos. Nuestro Señor es, en el misterio de la Eucaristía, el esposo, el amado de nuestra alma.
– Dios ha elevado nuestra naturaleza a una dignidad sublime al unirla a él. Mostrémonos dignos de este honor. La gracia que nos une a Dios es el sello de nuestra adopción, velemos por ella y mantengámonos bajo su influencia para aumentar siempre esta íntima relación con Dios. La unión con Nuestro Señor en la Eucaristía nos hace semejantes a él, poniendo nuestra alma y todas nuestras facultades y potencias bajo la dirección e influencia del mismo Espíritu que santificaba su humanidad.
– Qué amor infinito testimonia Nuestro Señor a su Padre y a los hombres en el admirable misterio de la Eucaristía. En el sacrificio, ofrece por toda la tierra a su Padre un homenaje y un culto infinitamente dignos, al mismo tiempo que continúa nuestra redención. En el sacramento, nos santifica para ofrecer a su Padre una Iglesia inmaculada [cf. Ef 5,26].
– ‘Qui manducat meam carnem habet vitam æternam’ [Jn 6,55]. Nuestro Señor en la sagrada Eucaristía da a nuestras almas el pan de la inteligencia: es allí donde mejor lo comprendemos y donde aprendemos a conocernos a nosotros mismos. Nos da el pan del corazón inspirándonos un gran amor hacia él; y el pan de la voluntad dirigiendo nuestra voluntad y fortaleciéndola.
– La sagrada Eucaristía nos une cada vez más íntimamente a Nuestro Señor y nos llena de gracias cuando estamos bien vacíos de nosotros mismos. Velamos por purificar bien nuestros pensamientos y nuestros afectos para no dejar entrar nada extraño cuando poseemos a Nuestro Señor.
– En la sagrada Eucaristía, nuestra alma está unida a Nuestro Señor por la unión más íntima, representada por la asimilación de los alimentos. Pero, como Nuestro Señor le dijo a san Agustín, no es él quien se asimila a nosotros, sino que es nuestra alma la que se asimila a él por la fuerza y la dignidad de este alimento divino.




