05 noviembre 2026
05 nov. 2026

Vida religiosa fundada en la gracia y en el depositum fidei de la Iglesia (Cst. 15)

Vida religiosa fundada en la gracia y en el depositum fidei de la Iglesia (Cst. 15)
En el marco del Jubileo Dehoniano (2024–2028), nos complace compartir la séptima reflexión y testimonio, centrada en la Constitución n.º 15.
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La Carta de presentación del Superior General para el Jubileo Dehoniano (2024–2028) subraya que el corazón espiritual de nuestra celebración se fundamenta en la reflexión sobre las Constituciones nn. 9–39. Nos complace compartir la séptima reflexión y testimonio, centrada en la Constitución n.º 15, ofrecida por el padre Jakub Bieszczad, del Centro de Estudios Dehonianos, y el padre Petrus Sugiarto, rector del escolasticado dehoniano en Indonesia.

Vida religiosa fundada en la gracia y en el depositum fidei de la Iglesia (Cst. 15)

Para cada uno de nosotros, para nuestras comunidades, la vida religiosa es una historia: a partir de la gracia de los orígenes, se desarrolla nutriéndose de lo que la Iglesia, iluminada por el Espíritu, extrae constantemente del tesoro de su fe.

La sección de las Constituciones concluye presentando al dehoniano como testigo del Reino que se manifiesta en la Iglesia y que, como escribió el P. G. Manzoni, constituye una pequeña Iglesia dentro de la Iglesia universal. En este último acto de este primer tratado cristológico (nn. 9-15), el texto ofrece una teología de la historia que invita a cada dehoniano a contribuir activamente a aquello que la misión de Cristo está transformando en el mundo. El dehoniano, con su entrega y compasión, no es solo un custodio de la memoria, sino también un artífice del futuro reino de justicia, que sobrepasa la justicia del tiempo presente. Se convierte en el verdadero demiurgo, recurriendo a la tradición de su propia espiritualidad y logrando así reavivar el espíritu que animaba al fundador y a sus primeros seguidores en la edificación del carisma.

El número del Directorio General que acompaña este punto tiene muy presente un aspecto fundamental: la fidelidad. Es nuestro modo de honrar y continuar la obra de Dehon, actualizando su experiencia y promoviendo sus valores. Nuestra espiritualidad no es una mera repetición de la del Fundador, ni tampoco una simple imitación de su modo de obrar y orar.La espiritualidad radica en formar parte de la tradición eclesial donde soy considerado como un «mediador del único Mediador», y donde mi oblación refleja la del Verbo Encarnado. Mi vida se convierte en el espacio en el que Cristo se manifiesta a los hombres a quienes soy enviado y renueva todos los milagros de su amor para que esto sea posible a través de mí. Así, la historia se convierte en una manifestación de las intervenciones divinas en la vida de la familia humana, la cual no puede subsistir sin la gracia de Dios. Mi vocación pasa a formar parte de esta experiencia y resulta verdaderamente fecunda solo si ayuda a los hermanos a encontrarse con el Dios del amor.

Además, hay otro aspecto importante que resaltar: el reconocimiento del valor de la historia como fundamento de la espiritualidad, que se hace patente en el 150.º año de vida de la Congregación. La historia puede manifestarse de dos maneras: a través de la narración que intenta reflejar todas las intervenciones divinas en la vida de nuestro instituto, o a través del rito espiritual que infunde la convicción de que la misma realidad se ha venido repitiendo inalterada desde el principio. Vivir la memoria de los orígenes no es únicamente estudiar la historia, sino también celebrar la tradición. Al rechazar las huellas del pasado, corremos el riesgo de olvidar una parte de nosotros mismos. Resulta evidente que el propio Cristo apreciaba al buen «escriba» que, como un prudente «padre de familia», saca con discernimiento de las arcas de su corazón cosas tanto nuevas como viejas. En otras palabras, quizás haya cosas que merezcan ser olvidadas, pero el número 15 de la Regla de vida insiste en la prudencia frente a la historia. El cambio puede presentarse como un camino fácil de emprender, pero con frecuencia se terminan olvidando aspectos que parecen no ser esenciales en el día a día. Sin embargo, tales aspectos pueden resultar decisivos para comprender a cabalidad quiénes somos y de dónde venimos.Recordar sin comprender no dista mucho del olvido.

P. Jakub Bieszczad, SCJ

Mi experiencia como formador en el escolasticado de Indonesia

Un testimonio personal del P. Petrus Sugiarto, SCJ, Rector del escolasticado dehoniano en Indonesia.

Mi experiencia como Rector me ha convencido cada vez más de que la formación religiosa es, ante todo, una obra de la gracia de Dios. He acompañado a un cohermano que parecía tener capacidades muy limitadas, pero que poco a poco se desarrolló de manera admirable, hasta convertirse en un buen sacerdote que sigue madurando en la actualidad. Esta experiencia me recuerda que las limitaciones iniciales de una persona no determinan el desenlace de su vocación. Dios obra con paciencia, a menudo más allá de nuestras previsiones, a través del tiempo, del acompañamiento y de la colaboración fiel de la persona misma.

Al mismo tiempo, la formación hoy plantea retos significativos. Encuentro dificultades relacionadas con la perseverancia,con la paciencia ante el proceso formativo y con la tendencia a anteponer los resultados al crecimiento gradual que exige una formación auténtica. El acompañamiento a las nuevas generaciones requiere asimismo una comprensión más honda de sus vivencias y aspiraciones. La lucha por la sinceridad dentro del camino formativo es otro motivo de preocupación,ya que un crecimiento auténtico exige la valentía de reconocer los propios límites y de vivir en la verdad ante Dios y los demás.

Estas experiencias han consolidado mi convicción de que la formación intelectual debe estar siempre equilibrada por una vida espiritual sólida. El conocimiento y el rendimiento académico son indispensables, pero no pueden sustituir una relación viva con Dios. La oración, la Eucaristía, la Palabra de Dios y la fidelidad a la fe confiada a la Iglesia han de mantenerse en el centro de la formación. El depositum fidei no es simplemente un repertorio de doctrinas por memorizar:es la fe de la Iglesia que debe ser acogida, vivida y encarnada en la cotidianidad.

He sido testigo de cómo un cohermano puede florecer cuando se siente valorado y se le concede el espacio oportuno para desplegar sus dones y aspiraciones genuinas. Sin embargo, también he vivido la dolorosa experiencia de un cohermano que parecía firme en su vocación, pero que más tarde perdió sus convicciones vocacionales y optó por marcharse. Estas experiencias tan diversas me recuerdan que la formación no puede asegurar de antemano un resultado garantizado. Cada individuo debe comprometerse libremente en su propio camino de discernimiento y maduración.

En el cumplimiento de este ministerio, encuentro mi fortaleza en el espíritu dehoniano del Ecce venio y del Adveniat Regnum Tuum. Ambos me invitan a permanecer disponible, fiel a mi misión y confiado en la Divina Providencia. Concibo mi papel de formador no como el de quien crea vocaciones, sino como el de un instrumento en las manos de Dios, que ayuda a cada cohermano a descubrir y poner en valor lo mejor de sí mismo al responder a la llamada divina. En definitiva,cada uno debe asumir la responsabilidad de su propia formación, mientras la gracia de Dios continúa siendo su cimiento más hondo. Mi tarea consiste en acompañar este proceso con fe, paciencia y esperanza, con la certeza de que Dios sigue actuando en cada persona y por medio de la Iglesia.

P. Petrus Sugiarto, SCJ

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