21 julio 2020
21 jul 2020

Discípulos y servidores de la fraternidad

Seminario teológico SCJ "Sint Unum". Mensaje final


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1. del 11al 18 de julio del 2020 tuvo lugar el Seminario teológico de la Congregación con el título “Sint Unum: Desafíos y prospectivas hoy”. El seminario, originariamente previsto a realizarse en Yaoundé (Camerún), aconteció, finalmente, on line a causa de la pandemia. A pesar de los límites que para el encuentro implicó esta modalidad, fue la posibilidad real que el tiempo actual nos concedió para vivir y ejercitar, de modo concreto y constructivo, el Sint Unum.

2. Tal como fue expresado en la carta del comite preparatorio, el seminario “busca indagar la actualidad, los desafíos y las implicaciones del Sint Unum, no solo para la congregación, sino también para nuestro mundo, el cual está marcado por crecientes particularismos y contraposiciones en la actualidad. El Sint Unum, central en la tradición dehoniana, permite reflexionar el nexo existente entre las dimensiones espiritual, comunitaria y social. Así pues, se buscará mostrar de qué modo el tema tenga aún mucho que decir a la sociedad actual”. Las palabras de introducción del Padre General, al inicio de nuestro encuentro, nos animaron a vivir el seminario en este sentido.

 Realidad del pecado

3. Tal como afirma nuestra Regla de Vida (Cf. Cst 4), el P. Dehon fue “muy sensible al pecado”, del que supo analizar causas y consecuencias. Reconocía sus raíces “en el rechazo del amor de Cristo”: no solo en el rechazo de amar a Cristo, sino tambien, y, sobretodo, en el cerrarse al amor que de Él proviene.

4. A partir de esta mirada teológica, y más concretamente cristológica, sobre el pecado, es posible percibir su drama y, al mismo tiempo, su incidencia en el plano antropológico, comunitario, social y cósmico. En efecto, el pecado amenaza la integralidad de la persona, nuestros lazos con el otro y nuestra relación con la entera creación.

5. Muchas y camaleónicas son las manifestaciones y las formas en que aparece el pecado. Ya en la carta preparatoria al Seminario fueron mencionados “los preocupantes nacionalismos, cuestiones raciales y religiosas, tribalismos, etnicismos, racismos, sistemas de castas, etc. que tocan (hieren) nuestras comunidades y las nuevas generaciones”. A estas manifestaciones se puede añadir otras como el olvido de Dios; la absolutización de la libertad sin vínculos y responsabilidades; la negación de la dignidad del otro mediante el ejercicio irresponsable del poder y de la autoridad; la cosificación del otro; la pobreza económica, causada por formas opresivas y sistemas financieros inicuos; el uso indiscriminado de la creación (“pecado ecológico”). Nos parece particularmente importante destacar que estas diversas formas han dado origen a una “pseudo-cultura”, definida “cultura de la muerte” (Juan Pablo II) o “cultura del descarte” (Francisco), que se cristaliza en estructuras inicuas (“estructuras de pecado”): Un discurso sobre el Sint Unum que prescinda de la complejidad y la omnipresencia de estas dimensiones corre el riesgo de reducirse a mero espiritualismo.

Dimensiones del Sint Unum

6. Frente a este escenario resuena de modo insistente la invitación de Jesus a ser Uno (Cf. Jn 17, 11.21-22) Si el pecado es, en última instancia, destrucción y ruptura de los nexos que honran la dignidad del hombre y del mundo, el Sint Unum es la repuesta que Dios espera de sus discípulos y de la humanidad entera. De aquí la necesidad de subrayar junto a los retos ̶ y prospectivas ̶, tres aspectos, que acompañan e interpelan la congregación.

a) La prioridad dell’Agape de Dios en Cristo

7. Afirmar que la raíz del pecado se halla en el rechazo o la indiferencia del amor de Cristo (hacia nosotros), destaca, precisamente, la opción hermenéutica del Padre Dehon, quien, en lugar de entender el amor de Cristo a la luz del pecado, comprendió este último a la luz del amor de Dios. En efecto, el pecado y el Sint Unum no se hallan en un mismo plano: hay una prioridad del amor (agape) de Dios en Cristo, que, además, funda la posibilidad de vivir el Sint Unum. Esta prioridad la asimos en el hecho que Cristo se rebajó (kenosis) hasta dar la vida por nosotros (Cf. Fil 2,6-11), para reunir así a todos los hijos de Dios (Cf Jn 11,52). Resucitado, habita en nosotros junto con el Padre (Cf. Jn 14,23) y nos atrae hacia sí, para, de esta manera, hacernos partícipes de su plena comunión de amor con el Padre y con el Espíritu.

8. De esta convicción emergen, para nosotros, algunos desafíos:

  • Vivir en modo pleno la unión con el Corazón de Cristo, sobre todo a partir de la Eucaristía lugar donde nos hacemos “un solo Cuerpo y un solo Espíritu”;
  • Conducir una vida plenamente integrada y unificada.
  • Testimoniar que el Sint Unum, antes que ser producto del esfuerzo humano, es un don de la Trinidad.
  • Vivir la reparación como respuesta a la impelente prioridad del amor oblativo de Dios por nosotros, es decir, como “acogida del Espíritu” (Cst 23).

b) «Sacramento» de la vida fraterna

 9. El Sint unum nos sitúa en la vida de la Trinidad, en la que reconocemos la perfección del amor que se dona a los demás, generándolos en la alteridad y radicándolos en la unidad. La reciprocidad del amor Trinitario (pericoresis) se convierte para nosotros en inspiración y punto de referencia a la que nuestra vida fraterna está llamada a corresponder. El Sint Unum no es un simple presupuesto, antes bien es un don, un proceso, una tarea siempre abierta, en línea con la “mística de vivir juntos” de la que nos habla el Papa Francisco (EG 87). Esto lo ponemos en práctica ante todo en la vida fraterna, que representa nuestro primer apostolado (cf. Cst. 60). Siendo este el lugar donde resuena la invitación a vivir la caridad recíproca, en ella brota más claramente nuestro testimonio para la vida del mundo: “Con la comunión, que subsiste a pesar de los conflictos, y con el perdón mutuo, queremos dar pruebas de que la fraternidad que los hombres ansían es posible en Jesucristo; y de ella queremos ser los servidores” (Cst. 65).

10. Nos surgen aquí algunos desafíos. Gracias a la fuerza de la misericordia que se nos ha dado por medio del Corazón de Cristo, se nos pide que acojamos al otro en su diferencia (cultural, étnica, generacional…); más aún, considerar al otro –y la vida fraterna con el otro– como “sacramento”. Para que esto sea posible hemos identificado tres ámbitos concretos donde fácilmente se puede olvidar este aspecto.

  • El primer ámbito se refiere a los dinamismos psicológicos que frecuentemente de forma inconsciente nos impiden acoger y valorar el otro. Nuestras relaciones están signadas por un “poder” que, si no se convierte en “servicio”, niega la alteridad del hermano y, en los casos más graves, lo conduce a comportamientos (auto)destructivo.
  • El segundo ámbito corresponde a la gestión de bienes. La fraternidad también se construye mediante la correcta relación con aquello que poseemos: retenemos necesario crecer en la transparencia y en la responsabilidad de la gestión económica, en la capacidad productiva y en la solidaridad entre nosotros. Nuestros esfuerzos deben apuntar a restituir un rostro humano a la economía, especialmente en este tiempo en el cual, como dice el Papa Francisco, ella a menudo “mata” (EG 53).
  • El tercer ámbito toca el aspecto de la sinodalidad, del caminar juntos. Si este aspecto es hoy una convicción desde el punto de vista teológico, debe, sin embargo, acontecer cada vez más en procesos concretos y en caminos recurribles y verificables, incluso en lo que se refiere al ejercicio de la autoridad y a la necesidad de vivir más profundamente la reconciliación.

c) «Para que el mundo crea… »

11. El Sint Unum es también una profecía: Jesús quiere que sus discípulos sean “uno” “para que el mundo crea tú que me has enviado” (Jn 17,21). En este sentido, el P. Dehon también espera que sus religiosos sean “profetas del amor y servidores de la reconciliación de los hombres y del mundo en Cristo” (Cst. 7). El Sint Unum, en otras palabras, no nos cierra en nosotros mismos, sino que nos impulsa a estar en camino e ir siempre más allá. Esto nos abre a la misión (Adveniat Regnum Tuum), como la dimensión constitutiva de nuestro discipulado. Al caminar con el Señor, siguiendo el ritmo de nuestros hermanos, sabemos también cómo ir hacia el otro, hacia cada persona, especialmente los más pobres y necesitados.

12 Estos son para nosotros algunos desafíos.

  • La calidad de nuestra unión con Cristo se manifiesta no sólo en relación con nuestra comunidad, sino también en nuestro compromiso y diálogo con los oprimidos y necesitados. La calidad de nuestra vida fraterna y de la vida misionera van de la mano.
  • Reconocemos, además, una forma particular de pobreza que nos desafía en la situación en la que se encuentra nuestra Madre Tierra. Promover una espiritualidad y un compromiso ecológico nos parece particularmente importante en el contexto actual como forma de comunión con la creación y con las futuras generaciones.
  • Por último, el Sint Unum nos llama a testimoniar y a comprometernos con la unidad de la Iglesia de Cristo (compromiso ecuménico), además de colocarnos en diálogo constructivo con las diversas expresiones religiosas y culturales (diálogo interreligioso e intercultural).

Discípulos y servidores de la fraternidad

 13. A la luz de este seminario, deseamos animar a todos los cohermanos a estudiar, sentir y promover el espíritu de Sint Unum en sus comunidades y lugares de apostolado. Esto abre ámbitos de reflexión tan diversos y fascinantes que sólo progresivamente podremos analizar y valorar. El Sint Unum –invocado, practicado y testimoniado sobre todo en la vida fraterna- se manifiesta como un remedio para nuestro egoísmo, para nuestro deseo de dominar a los demás por intereses económicos y de poder, y para los traumas que marcan nuestras vidas. El Sint Unum, en resumen, desata las cadenas del pecado, nos restituye la libertad de los hijos de Dios y nos abre a la misión para la vida del mundo. María, primera discípula del Señor y promotora de la unidad, siempre atenta a la voluntad del Padre, nos ayude en esta tarea tan fascinante.

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