12 diciembre 2020
12 dic 2020

Cabo Delgado: cuando “descartas” un pueblo

El obispo de Beira, Mozambique, Mons. Claudio Dalla Zuanna, nos cuenta lo que sucede en Cabo Delgado, una región afligida por la guerra de guerrillas de origen islamista.

de  Claudio Dalla Zuzanna, obispo scj

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En septiembre de 2019, dirigiéndose a las autoridades mozambiqueñas durante su visita al país, el Papa Francisco citó un pasaje de la Evangelii gaudium: “Cuando la sociedad – local, nacional o mundial – abandona una parte de sí misma en los suburbios, no habrá programas políticos, ni fuerzas del orden o de inteligencia que puedan asegurar una tranquilidad sin límites”. No cabe duda de que también se refería a la situación en Cabo Delgado, una región del norte de Mozambique. Desde octubre de 2017, se ha producido un número creciente de ataques contra la población de esa región que han causado muertes, incendios, destrucción de bienes públicos y privados, y que posteriormente desencadenaron enfrentamientos entre los “insurgentes” y la policía y luego con el ejército, que comenzaba a desplegarse en la zona.

El sueño de la riqueza fácil

Cabo Delgado es una región pobre en infraestructuras y servicios primarios, con la tasa de analfabetismo más alta del país, pero rica en materias primas, con enormes yacimientos de gas natural, grafito, rubíes y otros recursos cuya explotación ha comenzado hace poco y para los que se están invirtiendo decenas de miles de millones de euros, como en el caso del gas natural, donde la empresa italiana ENI es una de las grandes promotoras. El comienzo de la explotación de estos recursos ha creado una gran expectativa y alimentado el sueño de la riqueza fácil. Pero los lugareños pronto se vieron privados de este sueño: desde el desplazamiento forzoso para dar paso a las obras de construcción, hasta la asignación de derechos de explotación de rubíes y otras materias primas a empresas vinculadas a la élite del gobierno, pasando por el uso de la fuerza para reprimir las protestas y garantizar el respeto de las concesiones hechas a los intereses y las élites extranjeras.

Este elemento parece haber hecho de detonador de una situación creada por una combinación de factores -décadas de abandono, desde la época colonial, tensiones de diversa índole y la ausencia de hecho del Estado- que han hecho que gran parte de esta región, con sus cientos de kilómetros de costa no vigilada y el interior difícil de controlar, sea el lugar de tránsito de cualquier actividad ilegal, empezando por el flujo de heroína procedente del Este, que a través de esta puerta de entrada llega a Sudáfrica y desde allí a Europa. Con su “porosidad” y una débil presencia local de instituciones, la región favorece el tráfico de personas y el comercio ilegal de fauna y flora silvestres, maderas, piedras preciosas y todo lo que pueda ser una fuente de ganancias ilegales.

La islamización de África

Las recientes acciones violentas parecen haber sido iniciadas por jóvenes involucrados en el actual proceso de islamización de África, que entre otras iniciativas promueve la formación de los jóvenes de los países islámicos en líneas radicales. Sin embargo, el gran número de personas que se han ido incorporando gradualmente a lo que hasta hace poco se denominaba “insurgentes” son jóvenes de otras regiones del norte del país, no necesariamente de religión islámica, que se sentirían atraídos por lo que parece ser un trabajo bien remunerado, al menos en los primeros tiempos.

En el último año se ha producido un aumento exponencial de la destrucción y ocupación del territorio. Se han atacado pequeñas ciudades con gran presencia militar, y algunas han sido ocupadas, como el puerto de Mocimboa da Praia, cuya toma ha supuesto el bloqueo de cualquier tipo de circulación en gran parte del territorio. La presencia de combatientes extranjeros junto a los mozambiqueños es un hecho. El estado islámico a menudo reclama las acciones y ciertamente trata de sobrellevar los acontecimientos para tomar el liderazgo de esta ahora auténtica guerra, que ahora cuenta con más de 2.000 muertes confirmadas, 500.000 personas desplazadas y una destrucción masiva de pueblos y ciudades.

No hay reivindicaciones ni proclamaciones de objetivos a alcanzar. El hecho de que de los aproximadamente 600.000 habitantes de la zona, más de 500.000 hayan huido a Pemba, la capital de la región, o a las regiones más al sur, permite formular una hipótesis. No parece tanto que se quiera establecer un Estado islámico con su propia legislación, sino más bien crear una gran zona franca disponible para todo tipo de tráfico ilícito, principalmente desde y hacia el Este, dentro del África meridional. La explotación de los canales comerciales de estos últimos garantizaría el acceso a un “mercado” mucho más amplio.

Desechar pueblos enteros

Se trata de una situación que, si bien está arraigada en la dinámica de la pobreza, la exclusión y la explotación local, trasciende las fronteras de Mozambique e implica a agentes internacionales con intereses que a menudo entran en conflicto no sólo entre sí, sino también y sobre todo con la dignidad de las personas. Para lograr sus fines no dudan cínicamente en “descartar”, como diría el Papa Francisco, pueblos enteros.

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