04 enero 2021
04 ene 2021

El Rey que no nació en el palacio Herodes

de  André Vital Félix da Silva, obispo scj

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Si en la noche Santa de la Navidad, la Buena Noticia dada a los pastores fue el nacimiento del Mesías Salvador, ahora en la Fiesta de la Epifanía, se proclama que ese Mesías es el Salvador de toda la humanidad, representada en los Magos llegados de los confines de la Tierra en busca del recién nacido, rey de los Judíos para todos los pueblos.

Mateo, narrando la visita de los Magos, evidencia el significado universal de la Salvación. El Mesías, naciendo en una tierra que le dio naturalidad y nacionalidad, tiene una misión que sobrepasa las fronteras nacionales y étnicas. La Fiesta de la Epifanía reafirma la catolicidad de la Misión salvadora del Mesías, cuya estrella surgió de Oriente y que su brillo inunda toda la Tierra. La jornada de los Magos, rumbo al recién nacido, describe el itinerario de todo ser humano que tiene sed de la verdadera luz y que se propone emprender un camino para buscarla. Es el itinerario que toda la humanidad, muchas veces bajo el dominio de los Herodes de cada tiempo de la historia, tienen necesidad de recorrer para encontrar su libertad.

La pregunta de los Magos, “¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?”, sólo tendrá la respuesta definitiva en el final del evangelio, cuando Pilatos interrogue a Jesús: “¿Eres Tú el rey de os judíos?” (Mt 27,11). No son las palabras de Jesús las que responden a la pregunta, sino su modo de reinar, esto es, convirtiéndose en siervo de todos. En la escena de la visita de los Magos encontramos una densa introducción de todo el Evangelio de Mateo. Sin embargo, solo alcanzaremos el sentido más profundo de ese relato si, partiendo del encuentro con el niño en el pesebre, en Belén, proseguimos el camino hasta el calvario donde veremos triunfar y reinar verdaderamente en la cruz, pues Él es el Rey-Pastor que da la vida por su rebaño.

Afirmar la realeza de Jesús exige conocimiento de su persona, de sus enseñanzas y, en caso contrario, Él podrá ser confundido con los reyes mundanos, al estilo de Herodes. El propio Evangelio ilustra situaciones en las que los discípulos y el pueblo, sobre todo, demuestran no haber comprendido aún el significado del reinado de Jesús, pues esperan que rápidamente tengan garantizados privilegios y honores.

Siguiendo la lógica natural, los Magos van al palacio real, ya que lo que pretenden es encontrar al recién nacido, rey de los Judíos. Allí realizarán el fundamental descubrimiento, esto es, iluminados por las Escrituras, comprenderán que el Rey Mesías no nació en el Palacio de Herodes, sino en un pequeña ciudad de Belén, una humilde aldea de pastores. Por tanto, Él es el genuino Rey, pues es Pastor. Aquí está la diferencia fundamental entre el Rey Jesús y los reyes de la tierra.

La reacción de Herodes testimonia la consciencia de fragilidad de su reinado, al punto que, junto con él, “toda Jerusalén quedó perturbada”. Tal agitación ya es un presagio, en perspectiva escatológica, de la instauración definitiva del Reino de Dios, con ocasión de la venida del Hijo del Hombre en su gloria, para juzgar a todas las naciones (Mt 25,31s). Así como el faraón en tiempos de Moisés, ante el crecimiento y fortalecimiento del pueblo hebreo, esclavo y deseoso de liberación, temió la pérdida de su poderío y decretó la muerte de los niños a fin de debilitar al pueblo (Ex 2,1s), también los Herodes, de entonces y de hoy, sintiéndose amenazados por la fuerza de vida que se resiste ante la cultura de muerte, decretan cobardemente la matanza de inocentes e indefensos, pues son las presas más fáciles. Sin escrúpulos, esos tiranos, a través de un aparato ideológico, se sitúan como benefactores de humanidad; pero, en la verdad, elaborando estrategias y planes de destrucción de la vida, envolviendo a sus víctimas, haciendo de ellas instrumentos más eficaces en la ejecución de sus objetivos nefastos. Era justamente esa la intención de Herodes cuando cínicamente propone a los Magos: “id y procuren obtener información exacta sobre el niño. Y cuando los encuentren, avísenme, para que también yo vaya a adorarlo” Esa es la ideología de los falsos benefactores de la humanidad de hoy. Infiltrados en organismos nacionales e internacionales que deberían comprometerse con la vida de las personas y de la sociedad, imponen sus proyectos de destrucción de los verdaderos valores (familia, religión, respeto a la vida de los nascituros y ancianos). De forma cínica y sutil, esos Herodes de hoy día, con apoyo de fuertes grupos económicos instrumentalizan grupos, sectores de la sociedad, personas vulnerables, espacios religiosos, haciéndose pasar por defensores de sus derechos, cuando, de hecho, diseminan la mentira sobre el ser humano, volviéndolo aún más esclavo y sumiso; esa es la estrategia más eficaz para mantenerse en el dominio esclavizador y garantizar su estatus social y económico.

La celebración de la Navidad debe ser algo más que un momento para intercambiar regalos o expresar recíprocamente buenos deseos. Los dones ofrecidos por los Magos (oro, incienso y mirra) vemos la convicción de que creen en la verdad y no se dejan convencer por falsas ideologías. Reconocer la verdad de la realeza de Jesús (oro) es denunciar todo tipo de poder tiránico que esclaviza y destruye. El Oro ofrecido a Jesús no le sirvió para transformar en corona o cetro, sino que se transformó en todo aquello que Él nos ofreció a fin de enriquecernos. El Incienso presentado se transformó en ofenda permanente al Padre en nuestro favor, cuyo punto más algo de exaltación fue en lo alto de la cruz. La Mirra, generosamente entregada, fue mezclada con su cuerpo herido, triturado, pero que resucitó, sirviendo de solidaridad para la humildad.

Siguiendo el ejemplo de los Magos, cuya sabiduría humana fue iluminada por la revelación (Escrituras, encuentro con el Señor), es preciso identificar las ambigüedades de los Herodes de hoy y tener el coraje de tomar otro camino como hicieran los Magos: “Avisados en sueños para no volver a Herodes, retornaron a su tierra, siguiendo otro camino”. Solo así, podremos ofrecer nuestro oro, incienso y mirra, al Señor de la vida que no nos manipula para garantizar esclavos, sino que se entrega por nosotros para hacernos libres.

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