24 diciembre 2020
24 dic 2020

¡Navidad: una urgente preferencia!

de  André Vital Félix da Silva, obispo scj

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En esta noche Santa de Navidad se cuenta más de una vez la narración del nacimiento del Hijo de Dios en la gruta de Belén. Muchas veces hemos oído ese pasaje del Evangelio y ya no conseguimos prestarle la atención que merece. Lucas, al escribir esta página no quiso solo hacer una crónica de un acontecimiento pasado, sino que invita a los lectores a hacer un verdadero camino de encuentro con el Señor, que se deja encontrar en la Palabra y en la Eucaristía.

Ante todo, ese acontecimiento extraordinario, está situado en la historia: “En aquellos días, César Augusto publicó un decreto…” Es en la historia de la humanidad, con sus vicisitudes, donde Dios se revela y actúa. Pues la historia es el lugar donde se puede reconocer aquello que la fuerza creadora de su Palabra realiza. María y José, insertados en esta historia, se convertirán en instrumentos de Dios para que su plan de salvación se realice. El transcurso de ese camino lo realizarán por exigencia del Emperador (de Galilea a Judea); más tarde, será asumido por el hijo como itinerario de su misión pues, a partir de Nazaret, se inicia el anuncio del evangelio de salvación, culminándolo en Judea, en Jerusalén, con su muerte y resurrección. Es el camino necesario para comprender la Palabra como manifestación de la voluntad de Dios.

Ciertamente el decreto del Emperador no fue una Buena noticia para el pueblo, ya que era un instrumento de dominio de las poblaciones sometidas al Imperio Romano, para garantizar un control más detallado de las personas y de lo que poseían, haciéndoles pagar altos impuestos. Aquello que podría parecer únicamente obediencia al decreto del Emperador, María y José lo consideraron como obediencia a Dios, para el que nada es imposible. A pesar de los condicionamientos de la historia, que muchas veces dificultan reconocer la acción de Dios, nada puede impedir la realización de su voluntad: “Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre; y María dio a luz a su Hijo primogénito”. Jesús, siendo de la descendencia de David, nace en Belén como signo de que en él se cumplirían las expectativas mesiánicas; Él es el verdadero hijo de David, el Buen Pastor del pueblo de Dios. En Jesús se realizan plenamente dos actitudes de pastor: protección y alimentar a las ovejas.

María, profetisa por excelencia del Nuevo Testamento, al dar a luz a su primogénito, el Rey Pastor, realiza dos gestos que configurarán el primer anuncio, o sea, el proto-evangelio concreto de su Hijo: “Ella lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre”. Como intuirán los grandes maestros de la Patrística (por ejemplo Orígenes) en el niño envuelto en pañales, se reconoce que él es la Palara eterna del Padre que en el Antiguo Testamento estaba envuelta en las Escrituras (pañales), pero que ahora habiendo asumido la carne humana, lo reveló plenamente; colocado en el lugar de la comida, el alimento; ese rey-pastor alimenta a sus ovejas con su propia vida.

Los gestos de María, más que simples cuidados maternales hacia su bebé, son verdadera profecía, son el mismo evangelio como causa de gran alegría para todo el pueblo: “Yo os anuncio (griego: euangelidzomai, evangelizo) una gran alegría, que lo será para todo el pueblo”.

Antes incluso que el ángel del Señor realice ese alegre anuncio, está el servicio de la madre al Hijo, son las primeras acciones de María para con su recién nacido. Por tanto, en la raíz de la buena noticia está el servicio a la vida, como hace la madre para con su hijo. Toda la misión de Jesús, según el evangelio de Lucas, será la realización de lo que María hizo en la noche de Navidad. Estas dos cualidades son inseparables para encontrar y reconocer al Salvador (Palabra y Eucaristía), y que son dadas por el ángel como señal para los pastores: “Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre”. Es verdad que la madre anuncia que su Hijo es la Palabra, que en el Antiguo testamento estaba envuelta en las Escrituras, pero es solo el Hijo el que tiene el poder de desvelarlas a fin de que sus discípulos comprendan lo que estas Escrituras comunican (Lc 24,27.32).

Por cierto, la madre, reclinándolo en el pesebre, profetiza que Él es alimento; pero es solo Él quien, al entregar su cuerpo y sangre en su pascua, realiza este anuncio natal. La madre, que envolvió a su hijo recién nacido en pañales proclamando una profecía, más tarde testimoniará la realización de esa profecía al verlo envuelto en pañales después de haber sido bajado de la cruz (Lc 24,53). La madre que lo reclina en el pesebre después de haber salido de su vientre, más tarde lo verá depositado en el vientre de la tierra. María es profetisa en el sentido pleno, pues, no solo anuncia, sino que testimonia la realización de que anunciado.

Celebrar la Navidad del Señor es reconocer que ningún decreto humano que imponga un jugo de esclavización es más fuerte que la Buena Noticia: “Les ha nacido un Salvador”. La Navidad debe renovar en nosotros la certeza de que es posible vencer el miedo ante tantas situaciones de muerte, injusticia y pecado, pues debe resonar siempre el anuncio de los mensajeros del cielo: “No tengáis miedo”. Pero también, la Navidad es el momento de salir de nuestra comodidad para ir a Belén donde reconoceremos que no estamos solos, allá encontraremos al recién nacido, tan frágil, pero en la medida que nos abramos a su Palabra y seamos alimentados por su cuerpo y su sangre, ciertamente seremos revigorizados para cantar en esta noche: “Gloria a Dios en el Cielo”, pero también para construir ya, aquí en la tierra, su proyecto de paz y fraternidad, a fin de que haya “Paz en la tierra a los hombres amados por Él”.

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