10 mayo 2021
10 may 2021

Francisco y el capitalismo

El Papa Francisco se inscribe en la tradición de la enseñanza social de la Iglesia.

de  Franco Romano
Settimananews

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Con una de las expresiones directas e sorprendentes a las que nos tiene acostumbrados, el Papa Francisco volvió al tema de la propiedad privada: compartirla, dijo, “no es comunismo, es cristianismo en estado puro”. De forma más extensa y argumentada, ya lo había tratado en Fratelli tutti (cf. nº 120).

Allí reenviaba al anterior magisterio pontificio según el cual “el principio del uso común de los bienes creados para todos es el primer principio de todo el orden ético-social, es un derecho natural, originario y primario” y citaba la Populorum Progressio de Pablo VI: “todos los demás derechos, incluido el de la propiedad privada, no deben obstaculizar, sino, por el contrario, facilitar su realización”.

Para reforzar su concepto, Francisco concluía: “Esto tiene consecuencias muy concretas, que deben reflejarse en el funcionamiento de la sociedad. Sin embargo, es frecuente que los derechos secundarios se sitúen por encima de los derechos prioritarios y originales, privándoles de relevancia práctica”.

 Siguiendo la tradición

Merece la pena detenerse en el significado y el peso de estas palabras. Mientras tanto, Francisco se injerta en la tradición más probada de la enseñanza social de la Iglesia.

La sustancia ya está toda recogida allí. Incluyendo la distinción tomista insinuada por el Papa Montini entre el derecho natural originario y primario (el destino universal de los bienes) y el derecho natural secundario y derivado (la propiedad privada). Lo que Francisco añade significativamente a ella se refiere al discernimiento práctico sobre la evolución concreta del capitalismo contemporáneo.

Él, en las palabras destacadas anteriormente, hace dos énfasis:

a) la mencionada jerarquía de valores y derechos no es una “teoría” sin implicaciones, debería tener repercusiones prácticas decisivas en las relaciones económicas, sociales y políticas, en la distribución de los recursos y del poder;
b) sin embargo, en la realidad, no es así: las jerarquías se subvierten con frecuencia, el derecho a la propiedad privada acaba prevaleciendo sobre el principio -superior- del destino universal de los bienes.

Por lo tanto, Francisco no se aparta de la tradición ni de sus predecesores. Pero al mismo tiempo -hay que señalarlo y no es baladí- su magisterio está marcado por un enfoque histórico-concreto (quizá un rasgo de la espiritualidad ignaciana), por una adhesión a los desarrollos de las economías y sociedades capitalistas; digámoslo también, por un juicio franco y severo sobre sus contradicciones, sobre los costes humanos, sociales y medioambientales que ese modelo de desarrollo lleva consigo.

Si se quiere, aquí se pueden encontrar rastros de un punto de vista al que no es ajena la extracción de un Pontífice venido “del fin del mundo”, al que le es más fácil ver los límites y los fracasos (y no sólo las indudables conquistas) del norte del mundo y del Occidente desarrollado. Poniendo útilmente en discusión la opinión según la cual existe una consonancia natural entre el cristianismo y Occidente, una afinidad electiva. Una tesis muy querida por quienes se complacen en la idea del cristianismo como religión civil.

Ya antes de Fratelli tutti, lo había tratado en Laudato si’ y lo retomó varias veces en intervenciones puntuales. Pensemos en su denuncia de la cultura del despilfarro o de la economía que mata; en sus palabras sin rebajas sobre el armamento, la inmigración, las vacunas, la desigualdad, la pobreza. Contradicciones que el azote global de la pandemia ha agudizado y puesto de manifiesto.

Es una contribución del Papa para un discernimiento concreto y un estímulo, dirigido a los cristianos, a la lucidez y a la valentía de un juicio profético que, aunque sin integrismo, se mide con la radicalidad de la “justicia más grande” proclamada por el Evangelio.

Es difícil no divisar, aunque sea entre líneas, un llamamiento a los cristianos para que no se homologuen, para que no se entreguen a un realismo mal entendido, para que no se sumen a la ya saturado “partido” del TINA (el “no hay alternativa” thacheriano, no hay alternativas al sistema actual). De ahí también las palabras de aliento del Papa a los movimientos populares que luchan por la elevación social de los trabajadores.

Evangelio y comunidades alternativas

Para evocar el antiguo y siempre nuevo paradigma de la Carta a Diogneto, implica el llamamiento a permanecer cordialmente dentro de la ciudad de los hombres preservando la “diferencia cristiana”, también gracias a la participación en experiencias concretas de “comunidades alternativas” (un tema querido por Martini). Alternativas a la lógica y las prácticas, en su mayoría funcionales y contractualistas, que informan las relaciones sociales. No en la misma forma concreta, pero, eso sí, inspirándose en las comunidades primitivas y en los sermones de los Padres de la Iglesia.

No es casualidad que Francisco haya citado los Hechos de los Apóstoles, donde “nadie consideraba de su propiedad lo que le pertenecía, sino que entre ellos todo era común”. Sería ingenuo imaginar que la macrosociedad pudiera establecer un régimen de comunión de bienes, pero no lo son (ingenuos):

a) la idea de que no todas las relaciones humanas y sociales sean por definición y siempre de carácter utilitario; que ellas también conocen la dimensión gratuita y oblativa del intercambio desigual.
b) la ambición de construir comunidades, mundos vitales generativos y regenerativos, que puedan testimoniar e irradiar en la sociedad más amplia lógicas alternativas a las dominantes del intercambio mercantil.

Es probable que otros modelos distintos del modelo dominante de la economía capitalista -pienso en la economía de comunión o en la economía civil, que aspiran a no someterse a la dictadura del mercado y del

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