21 marzo 2022
21 mar 2022

La renovación dehoniana (vista por un joven sacerdote)

"Ese Capítulo (1966-1967) fue, en mi opinión, una nueva primavera para la vida consagrada y para nuestro Instituto. Fue, como algunos han dicho, el comienzo de una verdadera refundación."

de  Antonio dall'Osto

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Mi reflexión-testimonio parte de una breve premisa: recorrí todo el itinerario de mi formación inicial, hasta mi ordenación sacerdotal (1957) en los años anteriores al Concilio. Como joven sacerdote pude ver toda la transformación que se produjo en la Iglesia y en los institutos religiosos con el Vaticano II, definido proféticamente por el Papa Juan XXIII como un gran “nuevo Pentecostés”.

Durante las distintas etapas de su celebración, seguí de cerca los trabajos del Concilio en Roma en nombre del entonces naciente Centro Editorial Dehoniano. Durante el Capítulo General de 1967, en el que el P. Bourgeois fue elegido superior general, aunque yo no era capitular, me encargué del servicio periodístico, junto al P. Ledure, y envié informes quincenales por correo a varias comunidades de la Congregación.

Ese Capítulo fue, en mi opinión, una nueva primavera para la vida consagrada y para nuestro Instituto, bautizado con el rocío del Espíritu, del que brotaron “nuevas cosas”, avivadas por su aliento vivificador. Fue, como algunos han dicho, el comienzo de una verdadera refundación.

En su discurso de clausura, el P. Bourgeois resumió las “líneas de fuerza” y las “grandes piedras angulares” que habían madurado durante el discernimiento capitular en los tres puntos siguientes, destinados a ser la plataforma de todo el camino post-capitular y de la llamada “renovación adecuada” exigida por el Decreto “Perfectae caritatis” y por el posterior Motu Proprio “Ecclesiae Sanctae”, al que se invitaba a todos los institutos religiosos a poner en práctica:

Relación entre la consagración y la misión

“Nos dimos cuenta”, dijo el Padre, “de que los dos aspectos no podían separarse. Tanto si se trata de la vida religiosa en sí misma, como de las actitudes específicas de oblación reparadora que la caracterizan nuestro Instituto, en cualquier caso reconocimos y tratamos de comprender y resaltar esta relación vital… No hay dos amores, sino que es desde lo más profundo de nuestro propio amor al Señor y de la consagración que implica, como se define nuestra misión, del mismo modo que el amor al prójimo se define sólo por el amor a Dios”.

Al mismo tiempo, “la vida de unión, la disponibilidad-abandono y el carácter restaurador de estas actitudes han sido asumidos en esta perspectiva de oblación y reconocidos como… el resultado y la inspiración de nuestra misión eclesial. Como el objeto mismo del testimonio que el Instituto, en su acción apostólica, debe aportar a la Iglesia”.

Vida comunitaria y gobierno del Instituto

“Más allá de las normas jurídicas indispensables, se ha destacado el carácter propiamente evangélico de la comunidad eclesial en general y de la comunidad religiosa”. Los rasgos de esta comunidad evangélica son “la unidad y la comunión en el amor, el vínculo es Cristo y el lugar de cada miembro se define no tanto según la jerarquía social como según su relación directa y personal con el Señor que nos reúne. Hemos visto cómo esto podría y debería caracterizar nuestras relaciones comunitarias, la estructura misma de nuestra comunidad, la división de responsabilidades, el ejercicio de los derechos comunes, la forma y el espíritu de la “gobernanza” o, mejor dicho, la organización de la vida comunitaria”.

La renovación de nuestra forma de vida y organización comunitaria y una concepción más evangélica de las relaciones humanas, de la naturaleza y función de la autoridad.

Una conciencia renovada de las exigencias de algunos de nuestros objetivos apostólicos y, sobre todo, de la inspiración que debe guiar toda nuestra actividad.

Trabajo post-capitular

Todo el trabajo post-capitular de los años siguientes -los de actualización- se ha movido y desarrollado en torno a estas tres piedras angulares, que ahora encontramos expresadas en ese “tesoro” que es nuestra Regla de Vida, que reúne las renovadas Constituciones y el Directorio General.

No se insiste tanto en el término “Constituciones”, sino precisamente en el de “Regla de vida”, para indicar que nuestra vida no es esencialmente un conjunto de normas que hay que observar, sino un camino en el seguimiento de Cristo, como testigos de la primacía del Reino de Dios, unidos a Cristo en su amor y en su oblación al Padre, partícipes de la misión de la Iglesia, llamados a profesar las Bienaventuranzas, y atentos a las llamadas del mundo.

Dentro de esta perspectiva está nuestra llamada a vivir en comunidad, que debe ser una “comunidad de vida”, vivida en la “fidelidad a la oración”, y la “fracción del pan”.

Interesante es también la nueva explicación de lo que entendemos por reparación: se supera la antigua concepción místico-intimista: el n. 23 de la Regla de Vida la define “como acogida del Espíritu, como respuesta al amor de Cristo por nosotros, como comunión con su amor al Padre y cooperación en su obra de redención en el mundo”.

Igualmente significativa es la renovación y el cambio de nuestra oración diaria, que debe inspirarse en el espíritu de la Congregación, particularmente a través del Acto de Oblación y de la Adoración Eucarística; debe ajustarse a la de la Iglesia, con la adopción de la Liturgia de las Horas y debe “adaptar su contenido a la cultura y a las necesidades de nuestro tiempo, teniendo en cuenta las orientaciones de la Iglesia”.

Las orientaciones sobre la vida fraterna en la comunidad son también de gran importancia: el binomio “superior-subordinado” desaparece en favor de la fraternidad y la corresponsabilidad, en vista de la misión común.

El servicio de la autoridad debe entenderse no como un ejercicio de poder, sino como un “verdadero ministerio” de carácter evangélico que encuentra su modelo en Jesús el Buen Pastor.

En cuanto a la formación, se destaca la importancia de crear una comunión de vida, en un ambiente de trabajo y servicio apostólico, en el que cada religioso se sienta atraído en la tarea de la formación. En este entorno favorable, el candidato encontrará ayuda para el crecimiento humano y espiritual de su vocación.

En la administración de los bienes, se afirma con gran claridad, que “como religioso la norma última y la regla suprema en la administración de los bienes temporales, como en toda nuestra vida, debe ser el Evangelio”.

La Regla de Vida, fruto de la renovación solicitada por el Concilio, es el resultado de varios años de estudio y diálogo, primero en las Provincias y luego en varios Capítulos Generales. Representa para nosotros, como está escrito en la presentación de la edición típica de 1986, el “Hoy de Dios”, y nos dice cómo hacer fructificar nuestro carisma según las necesidades de la Iglesia y del mundo. Para cada uno de nosotros es el libro que, a partir del Evangelio, nos recuerda lo esencial si queremos vivir fielmente nuestra consagración religiosa.

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