10 abril 2022
10 abr 2022

Constituciones y reformulación de la devoción al Sagrado Corazón

"creo que el trabajo del Capítulo General de 1979 se resume sobre todo en la supresión de los aspectos devocionales del culto al Sagrado Corazón, que estaban demasiado ligados a su constitución histórica y ascética"

de  Alfio Filippi scj

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Participé en el Capítulo General de 1979, que dedicó gran parte de sus trabajos al examen de la “Regla de Vida” publicada ad experimentum en 1973. El capítulo aprobó como “Constituciones” un texto que incorporaba muchos cambios en el texto de 1973. En conjunto, con algunas modificaciones introducidas a lo largo de los años, el texto aprobado en 1979, y luego confirmado por el Vaticano en 1982, constituye la base de nuestras actuales Constituciones.

Simplificando, creo que el trabajo del Capítulo General de 1979 se resume sobre todo en la supresión de los aspectos devocionales del culto al Sagrado Corazón, que estaban demasiado ligados a su constitución histórica y ascética. Y, en el lado positivo, la búsqueda de una espiritualidad bíblica y teológicamente consciente, centrada en la persona de Jesús y en la “historia de la salvación”. Recuerdo que en el aula, en el debate y en el momento de la votación de los textos, quedó claro, por un lado, el temor a perder la riqueza de las formulaciones del pasado y, por otro, la intención de vincular las Constituciones a las perspectivas bíblicas y teológicas que habían llevado a la iglesia del Vaticano II a la reformulación del misal y de los ritos litúrgicos. Recuerdo bien el tenso silencio que siguió a la votación de las propuestas individuales. Incluso hubo una intervención de protesta porque los votos del sí y del no se marcaron en sucesión temporal siguiendo la línea y el orden de las mesas electorales, lo que permitió contar y atribuir los placets y los non placets al votante individual.

Personalmente, viví la reescritura de las Constituciones y de la Regla de Vida sobre todo como el necesario replanteamiento de la teología que fundamentaba la devoción al Sagrado Corazón. Me ordené en 1967 y en 1965 el Concilio había concluido. Por lo tanto, la mitad de mis estudios teológicos institucionales se desarrollaron en el ambiente de los libros de texto escritos en latín, con una teología que procedía por deducciones racionales sobre la base de la neoescolástica, en la que la tradición y el Magisterio eran las referencias fundamentales e insustituibles. Todavía recuerdo con inquietud que el tratado más árido en cuanto a contenido y más incomprensible en cuanto a formulación (y de hecho el más corto) era el de la Trinidad. En ese contexto, la espiritualidad del Sagrado Corazón se presentaba y se vivía en torno a dos temas: la práctica de la comunión los primeros viernes de mes y la reparación.

El debate que tuvo lugar en el desarrollo del Concilio y que continuó inmediatamente en las publicaciones llevó a un replanteamiento del método en la teología, a la reformulación de todos los tratados particulares y a la reformulación de la vida eclesial, en lo que respecta a la liturgia, las devociones y la espiritualidad.

La devoción al Sagrado Corazón me había sido transmitida desde la parroquia básicamente a través de la práctica de los primeros viernes de mes. En la primera formación para el noviciado, se utilizó el marco tradicional, vinculado a las revelaciones de Santa María Margarita Alacoque, tal como se propone en el Tesaurus a través del tamiz del P. Dehon. Ni en ese momento ni en los años de formación posterior nos alejamos de esas referencias. El primer paso que percibí como algo nuevo fue la publicación del P. E. Agostini, que presentaba la devoción al Sagrado Corazón a través de la “categoría del símbolo”.

Luego vinieron la formación de los primeros textos de la teología postconciliar, el nuevo peso asumido por la Biblia, la reformulación del misal y la liturgia. He tenido la suerte de que los profesores de nuestro Escolasticado de Bolonia han sido personas que han acompañado la transformación producida por la teología postconciliar. Esta renovación dio lugar a una serie de reflexiones que me sirven para orientar nuestra espiritualidad. Haré una lista temática puramente indicativa.

En primer lugar, el marco histórico del origen devocional en la formulación y realización práctica de la devoción al Sagrado Corazón. Se trata de un hecho que hay que aceptar e interpretar en el marco de la coherencia y la plausibilidad cultural de una época determinada. La referencia al Sagrado Corazón de Jesús debe captarse en la formulación inicial de la devoción, en los desarrollos que conoció a nivel de culto y a nivel de formulación teológica, en la expansión determinada por las culturas nacionales y los caminos espirituales individuales. Por poner un ejemplo: a nivel de culto histórico y devocional, Francia ha experimentado una implicación que no ha tenido Italia. Nuestras Constituciones deben leerse teniendo en cuenta este trasfondo, con sus componentes históricos y devocionales, teológicos y políticos, pietistas y litúrgicos. De ello se deduce que las perspectivas que hay que evaluar y considerar, si se quiere esbozar un marco creíble, son numerosas y están lejos de ser fijas.

Los términos teológicos sobre los que personalmente me siento impulsado a reflexionar cuando quiero profundizar en la espiritualidad del Sagrado Corazón hoy son los siguientes: pecado y salvación; expiación y perdón; oblación y gracia; carne y encarnación. Todos estos son binomios que vinculan al hombre con Dios. En el marco de la devoción al Sagrado Corazón, el hombre toma en consideración la experiencia del pecado, de la llegada del Reino de Dios, de la expiación, de la oblación, de la carne; y el creyente descubre, paralelamente, que Dios responde con la salvación entregada, con el perdón, con la gracia y con la carne asumida por Jesús de Nazaret.

Creo que todo creyente y todo hombre que reflexiona sobre su fe experimenta la tensión problemática entre estos términos teológicos que son los pilares de la devoción al Sagrado Corazón y del cristianismo. El conjunto de esos términos, que sintetizan la experiencia cristiana, remite a la gran pregunta de Anselmo de Aosta, que divide la historia de la teología en dos períodos: “Cur Deus homo?/¿Por qué Dios se hizo hombre?

¿Por qué la encarnación? ¿Por el pecado a redimir o por el proyecto gratuito del Dios que salva?

¿Por qué la expiación? ¿Porque el pecado vive en el hombre, o porque el seguimiento de Cristo adquiera las connotaciones de imitarlo?

¿Por qué la oblación? ¿Se trata de una disponibilidad de vida o de un sacrificio ordenado?

¿Por qué la carne y la laboriosa historia del hombre? ¿Hay que considerarlo como un lugar de pecado o como un lugar propio de la finitud humana, es decir, el jardín que hay que trabajar?

Tanto en la espiritualidad que se me ha transmitido durante los años de formación, como en la reflexión sobre nuestra identidad que compartimos en la vida religiosa, y en el paso del año litúrgico y la presentación que hacemos a la gente, tengo la impresión de que proponemos más devoción que teología, más exterioridad que la percepción de un Dios-gracia que entra en la historia junto a los hombres.

Este es un gran motivo para reflexionar sobre mi condición de sacerdote y sobre la forma en que proponemos el cristianismo. Y, dentro de ella, cómo proponemos la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.

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