09 julio 2021
09 jul 2021

Nuestra vida espiritual (IV)El principio y el centro de nuestra vida

Presentación en varias entregas de la “Guía de lectura” de las Constituciones, escrita por el P. Albert Bourgeois.

de  P. Albert Bourgeois, scj

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1. Nova et Vetera

201  El principio y centro son formulados con claridad y vigor en el n. 17: “Como discípulos del Padre Dehon, quisiéramos hacer de la unión a Cristo en su amor al Padre y a los hombres, el principio y el centro de nuestra vida”.

202  Este número se hace eco de lo dicho en el n. 6 respecto a la intención específica y original del P. Dehon y respecto al carácter específico del Instituto: “Al fundar la Congregación de los Oblatos […], el Padre Dehon quiso que sus miembros unieran de una manera explícita su vida religiosa y apostólica a la oblación reparadora de Cristo al Padre por los hombres”.

203  El texto de las Constituciones de 1885 (retomando el texto primitivo de 1881) se expresaba así: los religiosos de la Congregación “se esforzarán en consolar (el Sagrado Corazón), reparando las injurias que se le hacen y ofreciéndose a él como víctimas de su beneplácito en el espíritu de reparación y de amor que es su carácter distintivo”[1].

204  Con más sobriedad y con un modo de expresarse más cercano a nuestro nuevo texto, el de las Constituciones latinas (1906-1956) define “la vida de amor y de inmolación” “qua Congregatio proprie distinguitur”, como el mejor modo de imitar la vida de Jesucristo, incesantemente inmolada por los hombres: “vitam Christi, pro hominibus continue immolatam imitari” (n. 9).

205  Nuestro camino espiritual se expresa sensiblemente en la “ofrenda al Sagrado Corazón”, en la imitación de su vida inmolada y, finalmente, en la “unión a su amor”. El carácter “cultual” de la ofrenda, subrayada en las Constituciones de 1906-1956: “sacrificium, reparationem, laudem et amorem Domino exhibere intendentes” (n. 10), lo reencontramos en el nuevo texto de 1979, en el n. 22, pero su orientación es diferente.

206  En su nueva formulación, la unión a Cristo, que es el Cristo-Siervo, Salvador y Señor presentado en los nn. 9-12, es una unión a Él en su amor y en su oblación. Su amor, contemplado en el misterio del Costado abierto (cf. nn. 19-21) es un amor que “en la donación total de sí mismo vuelve a crear al hombre según Dios” (n. 21). Nuestra oblación es un insertarse con y como Cristo en el “movimiento del amor redentor” (n. 21): es una “diaconía” (servicio) y como tal es cultual. Así fue la “diaconía” de Jesús en el cumplimiento de su misión (cf. Hb 10,5-10) o la de San Pablo en el anuncio y en el servicio del Evangelio: es “el culto que dan en mi espíritu” (Rm 1,9), “oficiante (leiturgon) de Jesucristo entre los paganos, consagrado al ministerio del Evangelio de Dios, para que los paganos se conviertan en una oblación agradable a Dios, santificada por el Espíritu Santo” (Rm 15,16).

207  La perspectiva de la “oblación” como unión con Cristo no estaba ciertamente ausente ni era extraña a la intención original del P. Dehon. En las Constituciones de 1885 leemos: “La vocación de los Sacerdotes del Sagrado Corazón de Jesús no se puede concebir sin la vida interior… El carácter propio de la vida interior de los Sacerdotes del Sagrado Corazón de Jesús es la unión al divino Corazón” (cap. VIII, par. 2, nn. 1 y 3, cf. STD 2, pp. 46-47). Estos textos se retoman en el Directorio espiritual (DSP 351-352).

208  No sería difícil acumular las citas y las referencias respecto a esta unión con el Corazón de Jesús para vivir y actuar con y como Él.

209  Pero esta unión con Cristo aparece sobre todo en función de la “vida interior”, en la perspectiva de la santificación personal. El texto de nuestras nuevas Constituciones es mucho más claro y determinado, y posee una insistencia que no deja ninguna duda sobre su intención y orientación. Vemos de buena gana un trazo de aquella “renovación adaptada” perseguida en la línea de la “fidelidad dinámica” a la intención de los orígenes.

210  Las gran ventaja es caracterizar “nuestra oblación”, en sí misma, no solo como “un medio de perfección” (imitación) o un acto de “devoción”, sino como un verdadero “carisma”, que nos habilita para una misión en la Iglesia. Nuestra oblación puede ser definida como un “carisma profético” (n. 27), porque es unión a la oblación redentora y reparadora de Cristo.

211  La oblación como “unión a Cristo en su amor y en su oblación” es la forma que debe caracterizar la “sequela Christi” dehoniana.

212  La oblación del P. Dehon es “unión íntima al Corazón de Cristo […], adhesión a Cristo, que procede de la intimidad del (su) corazón, debe realizarse en toda su vida, especialmente en su apostolado” (nn. 4-5).

213  Nuestra vida religiosa y apostólica debe estar:

–   unida “a la oblación reparadora de Cristo al Padre por los hombres” (n. 6)

–   “unión a Cristo en su amor al Padre y a los hombres, el principio y el centro de nuestra vida” (n. 17)

–   una vocación que nos llama a “insertarnos en este movimiento del amor redentor, dándonos por nuestros hermanos, con Cristo y como Cristo” (n. 21); una ofrenda de nosotros mismos al Padre en solidaridad con Cristo y con la humanidad (cf. n. 22); “La reparación […] como una respuesta al amor de Cristo a nosotros, una comunión con su amor al Padre y una cooperación a su obra redentora” (n. 23)

–   además, la ofrenda de los sufrimientos es “como una eminente y misteriosa comunión con los sufrimientos y la muerte de Cristo para la redención del mundo” (n. 24); en todo “lo que somos, todo lo que hacemos y sufrimos por servir al Evangelio, sana a la humanidad, la reúne como Cuerpo de Cristo y la consagra para la Gloria y el Gozo de Dios” (n. 25).

214  Se puede continuar la búsqueda en los nn. 26, 27, 35, 38, 39…

215  La unión a Cristo en su amor por el Padre y por los hombres (nn. 17 y 23) es unión a Cristo en su oblación al Padre por los hombres (nn. 6, 21, 22, 24), y todo esto en virtud de la naturaleza misma del amor, del agape, de la cual experimentamos “la presencia activa en nuestra vida”. De aquí la importancia, para una auténtica vida de amor y de oblación, de una seria concepción teológica de esta caridad que debe ser fundamento y luz de nuestra vida espiritual SCJ.

2. Dos textos

216  Para caracterizar “nuestra experiencia y nuestra vida espiritual” el texto de las nuevas Constituciones nos remite a dos citas de San Juan:

–   1Jn 4,16: “Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él” (n. 9)

–   Jn 15,4: “Permaneced en mí, y yo en vosotros…” (n. 17).

217  Estos dos versículos son evidentemente una invitación a meditar su contexto: 1Jn 4,7-21 y Jn 15,1-17. Sin excluir evidentemente otros textos posibles (Ef 3,17-19 y 5,2 son explícitamente citados en los nn. 17 y 22), estos dos textos de San Juan son ricos de profunda teología de la caridad, de la “presencia activa del amor en nuestra vida”.

2.1. 1Jn 4,7-21

218  Sin hacer aquí un análisis ni un comentario detallado, destacamos su movimiento y sus articulaciones.

219  El “conocimiento” y la experiencia vital del amor de Dios que es amor (vv. 7-8), la vivimos en el ser amados. Es la experiencia que hacemos en Jesús y a través de Jesús, enviado e inmolado (vv. 9-10) y en el acto de amar, experiencia que podemos hacer solo amándonos los unos a los otros, porque este amor que vivimos es Dios mismo que ama en nosotros y su amor en nosotros es perfecto (teteleiòméne) y, al mismo tiempo, reconocido, recibido y operante (vv. 11-12).

220  La “caridad” (agape), más allá de la práctica de una virtud, es el misterio de la vida misma de Dios que vivimos en Cristo y por medio de Cristo (v. 16), una experiencia vivida como una “interioridad recíproca”: “Dios en nosotros y nosotros en él” (cf. v. 13). Y este amor operante “con hechos y en verdad” (1Jn 3,18) es un amor que testimonia y confiesa (cf. 1Jn 4,14-16), principio de seguridad y de libertad (v. 17-18), mediante el Espíritu que nos ha dado (cf. 1Jn 4,13 y 3,24), el Espíritu que nos hace hijos de Dios (cf. 3,1-2 y que, según San Pablo, grita en nosotros: “Abbà! ¡Padre!” (Gal 4,6 y Rm 8,15-16).

221  Este cuarto capítulo de la primera carta de Juan, y más en general el conjunto de esta carta, merece una meditación atenta, como uno de los textos-clave para la experiencia dehoniana: vida de amor contemplativo (nn. 9-10), que se realiza en el testimonio y en el servicio (cf. 1Jn 4,11-15), una vida cuya ley es la interioridad recíproca (v. 16), una vida de oblación filial, porque como es Jesús, enviado a este mundo, así también somos nosotros… a fin de que vivamos en él, víctima de expiación por nuestros pecados (cf. 1Jn 4,9-10).

222  El “conocimiento” al que estamos llamados es evidentemente una realidad muy diferente de la que se adquiere con el estudio: es el fruto de la oblación, en la medida de nuestra unión a la oblación de Cristo.

2.2. Jn 15,1-17

223  Es la alegoría de la vid: un texto a meditar con predilección.

224  El mismo P. Dehon lo meditaba y lo proponía con predilección, como la mejor descripción de su personal experiencia SCJ, como el programa de aquella “vida de amor” que constituía a sus ojos el tipo mismo de una vida espiritual dehoniana (cf. Vita d’amore nel Cuore di Gesù, ed. it. en las meditaciones: ‘El amor tiene sus ventajas’, p. 97-103; ‘Amor de confianza y de unión’, p. 152-157; ‘Amor puro y desinteresado’, p. 164-170; ‘El don de sí mismo a Nuestro Señor’, p. 227-232; ‘Los actos de amor’, p. 246-251, donde el cap. 15 de San Juan se propone como texto inspirador).

225  El texto ha de tomarse en su conjunto, porque la segunda parte (vv. 9-17) explica y confirma la primera (vv. 1-8), como lo demuestra el regreso de las mismas expresiones y evidenciándose la bisagra en el versículo 9: “Permaneced en mi amor”, que une las dos palabras-clave de cada una de las dos secciones.

226  Dos grandes líneas de reflexión pueden ponerse de relieve.

227  Para la teología del agape y de la “vida de amor”, en la alegoría misma de la Vid, la comunión y comunicación de vida y de fecundidad; en el v. 9: “Como el Padre me ha amado, así os he amado también yo”; y el v. 12: “Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado”. Los exegetas destacan que en los dos versículos, a semejanza de las fórmulas análogas en San Juan, “como” (kathós) tiene toda su fuerza, no solo comparativa, sino causal, para la caridad trinitaria y para el amor cristiano: la presencia activa del amor del Padre en Cristo y de Cristo en nosotros, según la ley y el principio de la interioridad recíproca formuladas en el v. 4 y en el v. 10.

228  Para una teología de la misión, del “carisma” de la vida de amor, a la que el discípulo es “llamado” y para la que es “constituido” (v. 16)[2] por vocación y carisma “para dar fruto” (v. 16), habitando en el amor, según toda la fuerza del verbo “permanecer” (ménein) en San Juan (cf. TOB/3, p. 340r).

229  Estos dos textos (1Jn 4,16 y Jn 15,4), bien meditados, “con predilección”, ayudan a dar a la expresión “hacer de la unión a Cristo […] el principio y el centro de nuestra vida” (n. 17) toda su resonancia teologal, espiritual y apostólica. Según esta afirmación del n. 17, nuestro “seguimiento de Cristo” no puede ser solo “imitación” de un modelo, fidelidad a una enseñanza o a un programa. Es mucho más: “Nuestra vocación religiosa encuentra su sentido en la plena y gozosa adhesión a la persona de Jesús” (n. 14). Para el P. Dehon era la “adhesión a Cristo, que procede de la intimidad del corazón” (n. 5). Para nosotros, como para él, es la “unión a Cristo en su amor por el Padre y a los hombres” (n. 17). El programa de nuestra vida no será solo el de las Bienaventuranzas y el Discurso de la montaña, sino el propuesto por los Discursos tras la Cena (Jn 13,31 – 16,33) y por la Oración de Jesús recogida en el capítulo 17 de San Juan.

3. Una interioridad recíproca

230  La gran ley de nuestra vida religiosa será la ley de la “interioridad recíproca”, formulada en los dos textos propuestos y que se encuentran también en el capítulo 6 de Juan a propósito de la eucaristía y en el capítulo 17, como principio de vida de los discípulos y de la Iglesia.

231  Los exegetas ponen de relieve este tema como particularmente significativo: es una ley de la experiencia espiritual cristiana. Así se encuentra en San Pablo y en San Juan, si se quiere dar a las expresiones de la “vida en Cristo” y de la “vida de Cristo en nosotros” toda su resonancia y su prolongación espiritual y también mística.

232  Sean cuales sean las precisiones y los matices que es necesario tener en cuenta, esta “ley” se supone en el pensamiento y en las exposiciones del P. Dehon sobre la “vida de amor” y en la descripción propuesta por nuestras nuevas Constituciones de la experiencia dehoniana (nn. 2-5) y de nuestra vida espiritual (n. 17), según una característica que tenemos que precisar.

233  Las Constituciones de 1885 hablaban de “unión con el divino Corazón”. Esta expresión aclaraba y caracterizaba la adhesión a la “Persona del Verbo encarnado” y la “unión a Nuestro Señor”, según una vía de acercamiento al misterio de Cristo que es el misterio del “Costado abierto” y del “Corazón traspasado”. Estamos, por lo tanto, llamados a unirnos, con una “interioridad recíproca” con Cristo, al acto supremo de su amor y de la entrega de sí mismo, de su oblación redentora y reparadora: la transfixión del costado.

234  Es fácil verificar, recurriendo al texto de las nuevas Constituciones, la expresión de esta unión al amor y a la oblación del Corazón de Jesús: “con y como Cristo” (n. 21), para amar “como él, en obras y de verdad” (n. 18) (cf. nn. 4, 6, 17, 18, 22, 23, 24, 26, 35). Aquí está la intención original del P. Dehon y “el carácter propio del Instituto” (n. 6). Esta unión “a la oblación reparadora de Cristo al Padre por los hombres” es “el servicio” que el Instituto está “llamado a prestar en la Iglesia” (n. 6). Por ello, una justa comprensión de la naturaleza de esta “oblación” es indispensable para un adecuado aprecio de nuestra “devoción al Corazón de Jesús” y de lo que el texto de las nuevas Constituciones llama: “nuestro carisma profético […] al servicio de la misión salvadora del Pueblo de Dios en el mundo de hoy” (n. 27).

4. Una oblación reparadora

4.1. En la vida y en los escritos del P. Dehon

235  Este tema central de la “oblación” merece ser estudiado y meditado en la vida, en los escritos del P. Dehon y en la tradición espiritual de la Congregación.

236  Para la vida y la formación del P. Dehon léanse sus notas de seminario (Notes Quotidiennes 1-2 publicadas por el Centro Studi y también en la Sinopsis comparativa realizada por el P. A. Vassena, scj en 1975-1976). Para la fundación de la Congregación y su desarrollo en Saint-Quintin, léanse los volúmenes de las Memorias (Notes sur l’Histoire de ma Vie) publicados por el Centro Studi. Para los largos años de espera, de búsqueda de la propia vocación por parte del P. Dehon y de su misión, léase Le P. Dehon a Saint-Quentin 1871-1877: Vocation et mission de A. Bourgeois, scj en Studia Dehoniana 9.

237  Para el texto oficial de las Constituciones de 1885, léase Studia Dehoniana 2 y el comentario del P. Dehon a los primeros novicios en los “Cahiers Falleur”, p. 186 ss. (Studia Dehoniana 10).

238  Del Directorio espiritual, léanse las primeras dos partes, además de la parte tercera, par. 5 sobre la “profesión de inmolación” (DSP 171-181) y la parte sexta, par. 19, 20, 21 sobre las virtudes propias de nuestra vocación (DSP 345-352).

239  La oblación está presente en todas las partes de la vida religiosa SCJ, y las virtudes, los ejercicios, las prácticas se presentan en función de la oblación. Pese a las apariencias, a veces, o a algunas expresiones que pueden parecer un poco reductivas o anticuadas, esta vida de oblación, ciertamente exigente, no carece de profundidad doctrinal.

240  Caracterizando con insistencia nuestra oblación como unión “a la oblación reparadora de Cristo” (n. 6), nuestras nuevas Constituciones han indicado y precisado para nosotros la vía de la fidelidad dinámica para practicar nuestra oblación como principio unificador de nuestra vida religiosa y apostólica.

241  Todo esto en la línea de una teología de la caridad, que no es solo una virtud a practicar, “la más eminente de las virtudes”, según la expresión del Directorio (DSP 7), sino como la vía misma de Dios, el misterio de Dios a conocer, a acoger y en el que debemos entrar: un misterio de oblación, en el que Dios ama donando y donándose; en el que el Verbo ama encarnándose, habitando entre nosotros, viviendo y muriendo por nosotros. Este es el amor oblativo como apertura y don de sí mismo. Es propio del amor donar y donarse: esta es la oblación.

4.2. Una oblación filial y reparadora

242  La oblación interesa y compromete nuestro ser como hombres y como cristianos, en nuestra relación con Dios, nuestro Creador y nuestro Padre, a través de y en Cristo Jesús.

243  Oblación esencial de la criatura a su Creador, de la imagen que tiende a quien se asemeja. Es “el principio y el fundamento”, según San Ignacio, de la “indiferencia”, o sea de la disponibilidad a Dios en un impulso positivo. Es la opción de responder más totalmente a su amor y a comprometerse en su servicio, según el fin para el que hemos sido creados.

244  Oblación filial, de la que Cristo, Verbo e Hijo encarnado, “Imagen del Dios invisible, generado antes de toda criatura” (Col 1,15), es el modelo original y ejemplar. El Padre “nos ha predestinado a ser sus hijos adoptivos por obra de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad”. Y esto “a alabanza de la gloria de su gracia…” (Ef 1,5-6). Nuestra oblación no es solo un deber a cumplir; se convierte en la exigencia misma de nuestra vida como cristianos llamados a ser lo que Cristo es: hijos de Dios, vivientes en la plena correspondencia a las exigencias del amor filial.

245  Oblación redentora y reparadora, en unión a la oblación del Corazón traspasado del Salvador, “en el cual tenemos la redención mediante su sangre… según la riqueza de su gracia. Él la ha abundantemente derramada sobre nosotros con toda sabiduría e inteligencia…” (Ef 1,7-8). Nuestra oblación es en nosotros fruto del Espíritu Santo. El Espíritu de Cristo grita en nosotros “Abbà! Padre!” (Gal 4,4)… “Padre… que se cumpla tu voluntad” (Mt 6,9-10)…; “Ecce venio; he aquí que yo vengo… para hacer, oh Dios, tu voluntad” (Hb 10,7): es una oblación de amor filial, de amor redentor y reparador, hasta la inmolación del sacrificio, que ya realiza en nosotros y para los demás, en la Iglesia y para el mundo, el designio de amor, lleno de benevolencia del Padre, para reunir el universo bajo una sola Cabeza: Cristo Jesús.

246  Estas perspectivas, que son las de la carta a los Efesios (1,3-14), las reencontramos en parte en las primeras tres meditaciones de las Couronnes d’amour (CAM 1/21-75). Todo esto forma parte, dice el P. Dehon, de las “primeras bases de nuestro amor al Sagrado Corazón”. Así entendida, nuestra oblación no se reduce a pías fórmulas ni a pactos o inclinaciones personales; sino que se impone en nombre de lo que hay de más fundamental en la revelación. Es requerida como una exigencia de vida, mediante la fuerza misma del amor, o sea del Espíritu que actúa en nosotros y nos asimila a Jesucristo en su amor por el Padre y por los hombres. No es solo un “ejercicio” de piedad (los actos de oblación), sino que es mucho más: es el principio vital de toda nuestra vida, oración, trabajo, sufrimientos, alegrías (cf. n. 7); es lo que determina nuestro “enfoque espiritual”, es el “testimonio profético” que estamos llamados a dar en la Iglesia y en el mundo de hoy.

4.3. Un sacrificio… por el pecado…

247  Nuestra oblación es reparadora, o sea una unión a Cristo en su “amor no correspondido”, para “remediar el pecado y la falta de amor en la Iglesia y en el mundo” (n. 7). Para nosotros, como para el P. Dehon, de nuestra “sensibilidad al pecado” (cf. n. 4) y “a cuanto en el mundo actual pone obstáculos al amor del Señor” (n. 29), depende nuestra comprensión de la reparación y del carácter de nuestra oblación.

248  La oblación de Cristo es la oblación del Hijo de Dios, “hecho pecado por nosotros” (2Cor 5,21). Nuestra oblación es la de los hijos “implicados en el pecado” (n. 22), solidarios con Cristo “hecho pecado” y con la humanidad pecadora, de la que somos miembros; a causa de esta doble solidaridad nuestra oblación es redentora y reparadora.

249  Esta línea de reflexión debe profundizarse, si no se quiere reducir la oblación, “participación en la gracia redentora” de Cristo, a pura abstracción o a una fórmula pía y generosa. La oblación, o sea la “ofrenda viva, santa y agradable a Dios” (Rm 12,1), es ante todo y necesariamente un sacrificio.

250  El término “sacrificio” (thusia) se encuentra en la cita de la carta a los Efesios (5,2) (cf. n. 22) unido al término “ofrecimiento” (prosphorà), y debe ser bien entendido, no solamente en su sentido moral y ascético de mortificación-sacrificio, sino en su sentido propiamente teológico.

251  El P. Dehon se remitía de buena gana a la teología del sacrificio de la Escuela francesa (P. de Condren) (cf. DSP 171-173) para las definiciones de sacrificio, de víctima, de oblación, de inmolación – destrucción. El P. Dehon ama subrayar, cuando se ocupa de la oblación, que se trata de una “inmolación”, de una oblación “en espíritu de amor y de inmolación (o de víctima): “De spiritu amoris et immolationis”, según el título de las antiguas Constituciones (capítulo II), consagrando también un número de sus “Avisos y Consejos” (el cuarto) al “espíritu de víctima en unión al Sagrado Corazón”.

252  La referencia al Costado abierto y a la devoción al Corazón de Jesús según las apariciones de Paray-le-Monial deben comprenderse según las exigencias de la oblación-inmolación y, piénsese lo que se piense de los términos usados, no se puede negar esta dimensión sacrificial de la oblación reparadora. El n. 24 de las nuevas Constituciones la subraya explícitamente citando el famoso texto de la carta a los Colosenses 1,24.

253  Espontáneamente, sin embargo, el P. Dehon no se refiere y no se inspira en el sacrificio-destrucción del Padre de Condren de la Escuela francesa[3].

254  La inmolación dehoniana es la oblación de amor “usque ad finem” (Jn 13,1), como la de Jesús.

255  Nuestra oblación es unión total a la oblación de Cristo “que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal 2,20, cf. Ef 5,2), que da su vida (cf. Jn 15,13), “como víctima de expiación” (1Jn 4,10); y el “Ecce venio” nos remite a la Carta a los Hebreos, que trata de modo particular del sacerdocio y del sacrificio de Cristo, invitándonos a tener “fija la mirada sobre Jesús autor y perfeccionador de la fe” (Hb 12,2). Como el P. Dehon, nuestra vida en la carne debemos vivirla “en la fe en/del Hijo de Dios” que nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros (cf. Gal 2,20). En todo el texto de las nuevas Constituciones las citaciones y las referencias subrayan esta dimensión sacrificial de la oblación: Gal 2,20 (n. 2), Mc 10,45 (n. 10); 1Pe 2,21 (n. 13); Rm 8,32 (n. 19); Hb 5,9 (n. 19); 1Jn 3,16 (n. 21 ); Ef 5,2 (n. 22); Col 1,24 (n. 24).

256  Nuestra oblación, en el “movimiento del amor redentor” (n. 21), es “cooperación a su obra redentora” (n. 23), es participación “en la obra de la reconciliación” (n. 25), “al servicio de la misión salvadora del Pueblo de Dios en el mundo de hoy” (n. 27). Como la “misión” de Jesús se enraíza en su oblación, así lo es para nuestra misión, y de este modo se convierte en reparadora y redentora. La oblación sacrificial de San Pablo, su “sacrificio espiritual” es, ante todo y sobre todo, su vida de apóstol: “Ese Dios, al que doy culto en mi espíritu, anunciando el Evangelio de su Hijo…” (Rm 1,9; cf. Rm 15,16). También nosotros vivimos nuestro “carisma profético” (n. 27) como “un sacrificio”, en el “enfoque espiritual” (n. 26), que exige nuestra participación en la misión de la Iglesia (cf. n. 26), en espíritu de amor y de reparación, como “culto de amor y de reparación” al Corazón de Jesús (n. 7).

257  La carta Mutuae relationes del 14 de mayo 1978 afirma que hay “una constante histórica de conexión entre carisma y cruz” (n. 12).

5. Las “vías” de la unión

258  “Fieles a la escucha de la Palabra y al compartir del Pan” (n. 17; cf. Hch 2,42).

259  Las “vías” de la unión son las del “conocimiento” entendido como experiencia de vida: “Comprendiendo el amor de Cristo, que trasciende todo conocimiento” según la carta a los Efesios 3,19, citada en el n. 17.

260  Notemos que, refiriéndose a este texto, el n. 17 habla de “descubrir cada vez más la Persona de Cristo y el misterio de su Corazón y a anunciar su amor que excede todo conocimiento”.

261  La intención es evidentemente la de acentuar la perspectiva profética y apostólica de este descubrimiento y de este “conocimiento”, en pleno acuerdo, por otra parte, con el contexto de los versículos 7-9 de Pablo, en el capítulo 3 de la carta a los Efesios, donde habla como “ministro por el don de la gracia de Dios que se me ha concedido… de anunciar a los Gentiles las imperscrutables riquezas de Cristo y de hacer resplandecer a los ojos de todos cómo es el cumplimiento del misterio escondido durante siglos en la mente de Dios (Ef 3,7-9).

262  Nuestras nuevas Constituciones nos indican muchas “vías” de esta unión “a Cristo en su amor y su oblación” (n. 16), “el principio y el centro de nuestra vida” (n. 17).

263  La escucha y la meditación de la Palabra del n. 17 serán desarrollados y precisados en los nn. 76-79: “Contemplamos el amor de Cristo en los misterios de su vida” (n. 77) y especialmente, según el n. 21, en el misterio del “costado abierto” y “en la vida de los hombres”, buscando “los signos de su presencia” (n. 28), “atentos a las llamadas que el Padre nos dirige…” (n. 35).

264  Esta vía de la contemplación nos hace progresar “en el conocimiento de Jesús” (n. 78), “para dejarnos renovar en la intimidad con Cristo y para unirnos a su amor a los hombres” (n. 79).

265  Estamos invitados a “la asiduidad a la oración” (n. 76), a reservarnos “tiempos de silencio y de soledad” (n. 79). De todo esto “dependen la fidelidad de cada uno y de nuestras comunidades y la fecundidad de nuestro apostolado” (n. 76).

266  El compartir del Pan, particularmente importante, se desarrollará en los nn. 80-84.

267  Se trata de la “fuente” y del “culmen” de “toda nuestra vida cristiana y religiosa” (n. 80); se trata del “sacrificio” en el que “nos unimos a la oblación perfecta” de Cristo (n. 81), del sacramento de su presencia donde nosotros profundizamos nuestra “unión […] con el sacrificio de Cristo” (n. 83) y respondemos “a la invitación, al encuentro y a la comunión que Cristo nos dirige en este signo privilegiado de su presencia” (n. 84).

268  El sufrimiento es como “como una eminente y misteriosa comunión con los sufrimientos y la muerte de Cristo” (n. 24).

269  El servicio de los hermanos como disponibilidad al amor es donde “vivimos nuestra unión a Cristo” (n. 18) y nuestra “comunión con Cristo, presente en la vida del mundo” (n. 22), “en una solidaridad efectiva con los hombres” en el seguimiento de Cristo (n. 29), con Él y como Él (cf. n. 21)[4].

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