El Corazón Inmaculado de María es el modelo perfecto del amor que debemos tener al Sagrado Corazón de Jesús, el mismo rosario del Sagrado Corazón de Jesús que está siempre vivo para amarle. En Nazaret, este Corazón nos representa el amor que vive tiernamente en la presencia y las caricias del Sagrado Corazón de Jesús; en el Calvario, el Corazón afligido de María es el modelo más acabado de reparación, tal como debemos practicarla. (CAM 3/249)
En la reflexión del P. Dehon, la figura de la Virgen María es central para conducir a los discípulos a la vida eucarística para llegar a ser verdaderos discípulos del Sagrado Corazón. Para el P. Dehon, ella es el modelo por excelencia para el alma en busca del Sagrado Corazón. A través de su Corazón Inmaculado, traza un camino espiritual desde Nazaret hasta el Calvario, para terminar finalmente en el Cenáculo en una perfecta oración eucarística. Este camino de contemplación, ofrenda y acción de gracias es el que estamos llamados a imitar para ser verdaderos discípulos de Cristo.
María nos conduce infaliblemente al Corazón de su Hijo. Subrayando la figura de la Virgen María como Madre de todas las gracias, el P. Dehon ve que ella desempeña un papel central en la formación del alma según los planes divinos. En la Misa y en la Sagrada Comunión, estar unidos a María significa asociarnos a quien está perfectamente unida al Salvador, ofreciendo con Cristo el sacrificio de la cruz. Su corazón traspasado es inseparable del de Jesús. Al confiarle nuestras oraciones, nuestra acción de gracias y al rezar el rosario, entramos en este “rosario” vivo del Sagrado Corazón. María, Madre Eucarística, es la garantía de un amor ardiente y fiel, que transforma nuestra vida interior y nos conduce, con dulzura y firmeza, a la intimidad reparadora del Corazón divino de Jesús.



