30 noviembre 2020
30 nov 2020

Un corazón abierto

© photo credit: raymondclarkeimages

La encíclica "Fratelli tutti" evoca la espiritualidad del Sagrado Corazón. Pero es un poco exagerado ver las conexiones directas entre Fratelli tutti y la espiritualidad dehoniana. Algunas líneas dialécticas.

de  Marcello Mattè, scj

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Con la encíclica Fratelli tutti, Francisco paga una segunda parte de su deuda al nombre tomado del Pobrecillo de Asís, mostrando que la elección contenía un proyecto de vida y ministerio, mucho más allá de las simpatías hagiográficas.

Encontrar en cambio conexiones directas entre la Encíclica Fratelli tutti y el main stream de la espiritualidad dehoniana puede venir sólo de un forzamiento exegético o al menos de una larga declinación de significados subordinados.

Sigue siendo cierto que FT “también tiene mucho que decir a nuestra vida dehoniana”, como destacó el P. Carlos Luis cuando invitó a la congregación a meditar sobre sus riquezas. Y sigue siendo aún más cierto que FT es una invitación a despertar y reavivar en nosotros “los mismos sentimientos de Cristo Jesús”, vocación inscrita en el centro de la espiritualidad del Sagrado Corazón.

Sint unum y vocación reparadora

De los “sentimientos de Cristo Jesús” la encíclica privilegia aquellos con un rasgo “social” resumidos en el icono del Buen Samaritano. FT incrusta la lectura de la parábola en el trasfondo cósmico y teológico del mal que entró en el mundo por envidia del dia-bolon, de aquél que tiene el proyecto de dividir y muestra su dominio del mundo en la historia fratricida de Caín y Abel (cf. 57). Es la ruptura de una lectura puramente “horizontalista” de la encíclica de Francisco, para restituir el valor teológico a lo que, en nombre del amor de Dios “derramado en nuestros corazones”, se realiza en orden a la “mejor la política” (cap. 5) y la “amistad social” (cap. 6).

Es la dialéctica fecunda que solemos leer, con los ojos de la espiritualidad dehoniana, en la “vocación reparadora que el Espíritu suscita en la Iglesia”. En todas nuestras obras de congregación y en cada operar del particular, lo que testimoniamos es la vocación a ser “profetas del amor y servidores de la reconciliación”. El “sint unum” es el horizonte que incluye y supera el proyecto de paz.

El mundo cerrado y el corazón abierto

Una segunda dialéctica que inerva FT es la profecía pronunciada ante las “sombras de un mundo cerrado” (cap. 1) para llegar a “pensar y generar un mundo abierto” (cap. 3).

El capítulo 4 (“Un corazón abierto al mundo entero”) indica la clave de la conversión posible, incluso frente a la cosmicidad de los desafíos, en la maduración de “un corazón abierto”.

La “gratuidad que acoge” es el regalo recibido y dado que, como en la parábola del buen samaritano, se declina hacia el particular (“el sabor local”) sobre el fondo de un “horizonte universal”.

El “corazón abierto al mundo entero” y el “Corazón abierto al mundo” son los dos filamentos helicoidales que componen el ADN de la espiritualidad dehoniana, código genético que preside la “impresión” de cada filamento de la vida personal y de la comunidad.

El Corazón abierto al mundo es el Corazón de Cristo abierto por la herida de su costado en la cruz. Nuestro corazón abierto al mundo es la participación (también histórica) en ese Corazón, es encarnación (también singular) de ese Corazón universal. Para no dejar que toda declinación histórica, como las muchas sugeridas por Francisco, sean sólo “doctrina social” y se propongan en cambio como actitud teológica, discurso sobre el hombre y discurso sobre Dios (theo-logia).

La postura del buen samaritano que se inclina sobre el “extranjero” caído en manos de los ladrones es la postura asumida por Dios en Cristo cuando “se humilló a sí mismo haciéndose obediente” hasta la donación de la vida.

Es el ADN que se imprime en nuestra postura – del cuerpo y del espíritu – cuando nos inclinamos sobre cada hombre, “plagado en cuerpo o espíritu”, para llevarlo sobre nuestros hombros y cuidarlo, no con un gesto singularmente heroico, sino en la posada comunitaria de la Iglesia.

Me atrevo a decir que FT evoca la espiritualidad del Sagrado Corazón más por el vacío que por la plenitud. Más en lo que no dice (invocando su necesidad) que en lo que dice. Más en las premisas implícitas (el Corazón abierto de Dios) que en las declinaciones explícitas (el corazón abierto al mundo entero).

De ahí en adelante, toda la encíclica, con su sabio porte de “doctrina”, puede ser importada en nuestros proyectos apostólicos sin que estos pierdan el sabor propio de la vocación dehoniana. Es la Sabiduría de Dios que “a través de los tiempos, pasando en las almas santas, prepara a los amigos de Dios y profetas” (Sb 7,27)… de la reconciliación.

Por lo que a mi respecta sigo fascinado, al definir la relación personal con Cristo y con las hijas e hijos de Dios, por el vocabulario joánico de la amistad (“Nadie tiene mayor amor que éste: dar la vida por sus amigos”, Jn 15,13) más que por aquél franciscano de la fraternidad.

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