05 febrero 2021
05 feb 2021

La comunidad como espacio de corresponsabilidad

Los dehonianos de la casa generalicia reflexionan sobre el enfoque antropológico-moral de la encíclica Fratelli tutti.

de  Victor de Oliveira Barbosa, scj

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La última encíclica del Papa Francisco abre diferentes perspectivas para comprender al ser humano y su comportamiento comunitario y social. Para nosotros, los de la Casa Generalicia de los Sacerdotes del Sagrado Corazón de Jesús, es una de las herramientas que utilizamos para nuestra formación permanente este año, habiendo elegido como lema comunitario, de hecho, la misma expresión franciscana que da nombre a la encíclica: Fratelli tutti. Hace unas semanas, un sábado por la mañana, acogimos la reflexión del P. Cataldo Zuccaro, sacerdote de la diócesis de Frosinone, profesor de Teología Moral en las Universidades Pontificia Urbaniana y Gregoriana, huésped residente en nuestra comunidad SCJ, quien nos propuso un enfoque antropológico-moral a la encíclica papal fundada en la responsabilidad y la corresponsabilidad.

Cataldo partió de una antropología subyacente a la encíclica, la de la indigencia y la vulnerabilidad. Todos experimentamos la vulnerabilidad que constituye la condición humana. Nacer y morir son ya la experiencia de esta fragilidad que nos afecta a todos. Para cada uno de nosotros, ser vulnerable no es una cuestión de “sí” o “no”, sino de “más” o “menos”. Así, podemos hablar de vulnerabilidad ontológica, más que de vulnerabilidad estructural, que nos compromete con una responsabilidad común: hay una dimensión relacional, la vulnerabilidad no es solo la vivencia de nuestra debilidad, sino la apertura a los demás. La experiencia de la vulnerabilidad nos obliga a superar todo tipo de individualismo, porque nos damos cuenta de que todos estamos necesitados. El ser humano ontológicamente vulnerable está necesariamente constituido en la relación.

Esta concepción antropológica nos lleva a una cuestión ética: porque somos vulnerables y dependientes, debemos ser responsables y corresponsables. P. Cataldo identifica tres posibles respuestas a la realidad de la necesidad. La primera es la indiferencia entendida como negación de la existencia del otro. La sociedad occidental quiere enmascarar esta actitud con las supuestas virtudes de tolerancia y autonomía, defendiendo una “ética de la indiferencia”. La segunda respuesta posible es la explotación del necesitado, según una “ética del más fuerte”: las relaciones se basan únicamente en lo que el otro puede ofrecer. El riesgo es justificar un paternalismo que, sin embargo, lejos de promover al otro, perpetúa su condición de necesidad. Sin embargo, una tercera respuesta es reconocer que todos estamos en deuda unos con otros. Esta “deuda social” nos hace pasar de la responsabilidad a la corresponsabilidad, porque no solo acogemos las necesidades de los demás sino que también manifestamos las propias. Aquí necesitamos una “ética del don” en la que el destino del otro se asume como el propio destino y la realización propia se busca como propia.

Aquí está el cambio propuesto por Fratelli tutti: el otro ya no es un extranjero, sino un hermano. Estamos llamados a constituir un “nosotros” que convive en una casa común ya expresar nuestro “ser hermanos” que asumen sobre sí el dolor de los fracasos ajenos (cf. FT 18 y 77). La “necesidad de ser” que pertenece a nuestra condición existencial nos invita a situarnos como respuesta a la necesidad de todos. Según la ética del don, la responsabilidad es proporcional a la profundidad de la necesidad de ser del otro y las relaciones se convierten en un espacio para la realización mutua de nuestra dignidad como persona. La responsabilidad se convierte, por tanto, en corresponsabilidad, en el cuidado mutuo, y la comunidad de hermanos se convierte en un lugar donde compartimos tanto la vulnerabilidad que nos une como nuestra responsabilidad común. En este sentido, nuestra vida comunitaria no se reduce al igualitarismo, sino que asegura que cada uno reciba lo que le corresponde. En efecto, nos recordó P. Cataldo, nuestra Regla de Vida afirma que la vida comunitaria exige acoger a los demás como son (cf. Cst.66), en sus necesidades, y nos invita a vivir relaciones en las que nos empeñemos en comprender lo que cada uno ama con la esperanza de que los demás puedan llegar a ser con la ayuda de nuestro apoyo fraterno (cf. Cst. 64). Redescubrimos así la comunidad como espacio de corresponsabilidad, de “ser para los demás”, lo que para la fe cristiana tiene un nombre propio: amor.

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