08 junio 2026
08 jun. 2026

SALGAMOS PUES HACIA ÉL

Carta con ocasión de la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, 12 de junio de 2026

de  P. Carlos Luis Suárez Codorniú, SCJ

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SALGAMOS PUES HACIA ÉL

A los miembros de la Congregación

A todos los miembros de la Familia Dehoniana

I.

Hace unos años, se inauguró una escultura de bronce junto a la columnata de la Plaza de San Pedro del Vaticano. Titulada “Ángeles sin saberlo”, esta pieza representa a un grupo heterogéneo de migrantes y refugiados de distintas culturas, etnias y épocas históricas que viajan a bordo de una misma embarcación. En el centro de la composición emergen unas alas de ángel, un elemento que ilustra la cita bíblica: «No olvidéis la hospitalidad; algunos, practicándola, han acogido a ángeles sin saberlo» (Heb 13,2)[1].

La obra confronta a quienes se detienen a mirarla. Desde una perspectiva dehoniana, se puede pensar que nos interpela sobre nuestra capacidad de acogida. No se trata solo de la buena voluntad de abrir las puertas de casa y compartir con el recién llegado, sino de ir al fondo: es un auténtico termómetro de la salud de nuestra identidad carismática, reconocible en la disposición permanente de apertura personal y comunitaria.

Entendemos la reparación

como la acogida del Espíritu (cf. 1Tes 4,8),

como una respuesta al amor de Cristo a nosotros,

una comunión con su amor al Padre

y una cooperación a su obra redentora

en medio del mundo. (Cst 23)

¡De la acogida a la cooperación! Un itinerario de vida espiritual; un caminar «bajo la guía del Espíritu» (Cst 16). El P. Dehon nos invita expresamente a ello: «Vivamos, pues, bajo la dulce influencia del Espíritu Santo, que es el espíritu del Sagrado Corazón»[2].

¿Acaso no fue el Espíritu quien acompañó el caminar de Jesús de Nazaret? El Espíritu lo abrazó a lo largo de toda su vida terrena: se revela desde el misterio del seno de María (cf. Mt 1,20) y en la íntima comprensión de su identidad (cf. Lc 3,22). Lo fortaleció en la aridez de la prueba (cf. Mt 4,1), lo impulsó a aceptar su misión (cf. Lc 4,18) y dio vida a sus enseñanzas (cf. Lc 4,14). Asimismo, inspiró su compromiso con la dignidad de los pobres y los afligidos (cf. Lc 12,28) y, como culmen, sostuvo su entrega total (cf. Heb 9,14).

II.

Reconociendo al Espíritu como un don del Padre, Jesús nunca pretendió apropiarse de él. Al contrario, lo prometió a los suyos para que fuera su auxilio (cf. Jn 7,39), continuaran aprendiendo y custodiaran viva su palabra (cf. Jn 14,15ss.). La promesa se hizo realidad en su Pascua, al atardecer del primer día de la semana. Fue entonces cuando el Resucitado —contemplado por los suyos en su palabra, sus manos y su costado— disipó los miedos y restauró la comunión herida de sus discípulos. Para ellos, «gracias al don del Espíritu» (Cst 59), iniciaba un tiempo nuevo (cf. Jn 20,19ss.). El encuentro con el Señor, sumado a la acción del Espíritu, transformó sus vidas; sin embargo, esta transformación no estuvo orientada a caer en intimismos estériles: «¿Acaso podrá agradar al Corazón que tanto amó que nos quedemos en una experiencia religiosa íntima, sin consecuencias fraternas y sociales?» [3].

En efecto, aquellos que presenciaron la promesa cumplida de su Espíritu y contemplaron su costado, fueron asociados a la obra reparadora del Maestro, encarnándola, ante todo, en su propia comunidad. Siendo herederos de la comunidad pascual, deseamos continuar viviendo este misterio entre nosotros para testimoniar el poder transformador de su presencia:

Con la comunión, que subsiste a pesar de los conflictos,

y con el perdón mutuo,

queremos dar pruebas

de que la fraternidad que los hombres ansían

es posible en Jesucristo;

y de ella queremos ser los servidores (Cst 65)

En sintonía con esto, el Papa León XIV nos acaba de recordar que: «(…) tanto el anuncio como la experiencia cristiana, guiados por la acción del Espíritu Santo, tienden a generar en el mundo consecuencias sociales»[4]. Entendemos así que el anhelo del P. Dehon de consagrar las almas y las sociedades a la causa del Reino del Sagrado Corazón supone una profunda docilidad al Espíritu.

No puede darse un verdadero compromiso social dehoniano sin estar en sintonía con el Espíritu, la comunidad y las personas a las que deseamos ayudar, atentos, eso sí, a no crear dependencias ni promover imprescindibilidades personales. Al respecto, vale la pena recordar algunas de las respuestas al sondeo recién realizado por nuestra Comisión de Justicia, Paz e Integridad de la Creación (JPIC). Los resultados reflejan una notoria y variada sensibilidad social en casi todos los lugares donde nos encontramos: desde grandes estructuras educativas como la St. Joseph Indian School[5], surgida para atender a los Lakota en Estados Unidos, hasta pequeñas presencias en el mundo rural, como la de Lacanche en Francia[6]. Esta, precisamente, se entiende a sí misma de la siguiente manera:

Sabemos que nuestra misión es estar allí, como hermanos bondadosos, si es posible ayudando y, en cualquier caso, compartiendo la cotidianidad así como las alegrías y las penas de un pueblo sencillo. Reconocemos nuestros límites y nuestras diferencias. Pero sabemos que lo importante es estar allí al lado de todo un pueblo de gente sencilla, a menudo en el sufrimiento, el abandono y la soledad. Estar allí, en fraternidad religiosa reconocida en el pueblo, es una señal de que nuestra Iglesia ama a este mundo de «pequeños» del cual formamos parte (…). A pesar de nuestras pequeñeces, caminamos junto a toda una población que confiamos en nuestras oraciones personales al amor de Cristo, «a aquel que se identificó con los pequeños y con los pobres» (Cst 28)[7].

La vocación dehoniana, efectivamente, nace del deseo de “estar ahí”, como el Hijo ante el Padre, para colaborar de manera apasionada en el don de su Reino como servidores de todos. Con este fin, asumimos un requisito indispensable para que nuestras comunidades, apostolados y obras sean una expresión diáfana de este servicio al Evangelio:

nuestra respuesta supone una vida espiritual:

un común acercamiento al misterio de Cristo,

bajo la guía del Espíritu,

y una atención especial a todo aquello que,

en la inagotable riqueza de este misterio,

corresponde a la experiencia del Padre Dehon

y de nuestros mayores. (Cst 16)

III.

En este “acercamiento común” —inspirados en el de María y el discípulo amado al pie de la cruz— hallamos el modelo para desprendernos del egoísmo y de los personalismos que en ocasiones obstaculizan la misión compartida. La manera en que ambos se acogieron ofreciéndose como madre e hijo hizo posible una nueva comunidad. Es la comunidad que nace de la escucha y del “estar ahí” —donde quiera que sea— pero todos «al servicio del Reino (Cst 9-39)»[8].

La solemnidad que estamos por celebrar es una renovada invitación a participar en esa misma comunidad que se nutre del inagotable «Vengan a mí» que brota del Corazón que tanto nos ama[9]. Su llamada nos pone en camino y nos acerca —siempre que vayamos en la dirección correcta— a los rostros y a los lugares donde el Amor late con más fuerza: «Salgamos también nosotros del campamento, para ir hacia él» (Heb 13,13), como lo hicieron María, otras mujeres y el discípulo que Jesús amaba.

Junto a ellos y a tantas otras personas que no se acomodan ni se rinden ante los desafíos de nuestros tiempos, deseamos seguir respondiendo al llamado de nuestro Fundador:

 “Levantémonos y vayamos”. Vayamos al servicio de Nuestro Señor, vayamos a la entrega, al sacrificio. Salgamos de nosotros mismos, vayamos al Corazón de Jesús, a su amor, a su imitación, a su servicio; unión constante al Corazón de Jesús en el espíritu de amor y de inmolación[10].

Así lo hizo nuestro hermano P. Martino Capelli, ahora que estamos por celebrar su próxima beatificación, para hacer suya la causa de los más abandonados en tiempo de odios desatados. Sin embargo, junto con su compañero de martirio el salesiano Don Elía Comini, derrotó a sus enemigos armado de amor y perdón. Tal vez fue en aquellos momentos tan decisivos cuando Martino entendió como nunca lo que él mismo había escrito sobre el ideal del P. Dehon:

Él quería que el Corazón del Salvador fuera –por así decir– el punto de convergencia en el que debían coincidir todos los hombres, para expiar sus propias ingratitudes y reconocerse todos como hermanos, en el abrazo de una única divina paternidad[11].

¡Que nos encontremos siempre en Él! A todos, feliz solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.

Fraternalmente,

P. Carlos Luis Suárez Codorniú, SCJ

Superior general

y su Consejo

 


[1] Sobre la escultura, véase: “Angels Unawares”: [https://angelsunawares.org/es/la-escultura/].

[2] Léon Dehon, L’année avec le Sacré Cœur, 283: [https://www.dehondocsoriginals.org/pubblicati/OSP/ ASC/OSP-ASC-0003-0005-8060305?ch=283].

[3] Francisco, Dilexit nos, 205.

[4] León XIV, Magnifica Humanitas, 49.

[5] Sobre esta escuela, véase: SCJ South Dakota: [https://www.stjo.org/]

[6] Sobre esta fraternidad, véase: SCJ Lacanche: [https://scj.lu/nos-communautes/lacanche/lacanche]

[7] Fraternité de Lacanche, “En vue de l’Assemblée provinciale”, Inter fratres 5-8 (2026) 26-27.

[8] Cf. «Por Él vivo:  Cristo es el que vive en mí» (Ga 2,20). Carta al inicio del centenario de la muerte del Padre Dehon y en preparación del 150 aniversario de la fundación de la Congregación, Bruselas 12 de agosto de 2024. Prot. N. 0296/2024.

[9] Cf. Mt 11, 25-30.

[10] Léon Dehon, L’année avec le Sacré Cœur, 171: [https://www.dehondocsoriginals.org/pubblicati/OSP/ASC/ OSP-ASC-0003-0004-8060304?ch=171]

[11] Egidio Cabianca (pseudónimo di P. Martino Capelli), “Sul fronte della fede. Verso in centenario della nascita del P. Dehon”, Il Regno del Sacro Cuore, Anno XXXII, 2 (1943).

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