19 febrero 2021
19 feb 2021

Un tiempo de transformación del comportamiento y la mentalidad

de  Joseph Kuaté, scj

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Queridos hermanos y hermanas, el miércoles comenzamos la Cuaresma. Es un tiempo de conversión, es decir, un tiempo de transformación de la vida que tiene sus orígenes en la tradición bíblica y sus consecuencias también pueden verse en las tradiciones africanas.

La Cuaresma refleja los 40 días del Diluvio, un tiempo para que los supervivientes del diluvio se den cuenta de las desastrosas consecuencias de la maldad y la negligencia humanas y se vuelvan a Dios. La Cuaresma se refiere a los 40 años del éxodo de los hebreos de Egipto a la Tierra Prometida, 40 años de desafíos y tribulaciones, pero también de experiencia del Dios liberador de su pueblo con el que hizo la alianza en el Sinaí.

La Cuaresma nos recuerda los 40 días de peregrinación del profeta Elí a Horeb, donde se encontró con Dios. También nos recuerda el tiempo que Dios dio al pueblo de Nínive para que se arrepintiera, pues de lo contrario sería destruido. También nos recuerda la duración del tiempo de la aparición de Cristo a sus apóstoles, desde su resurrección hasta su partida hacia el Padre. En África, conocemos el destierro de los indisciplinados de la sociedad. Tienen que alejarse y vivir como parias hasta que muestren un cambio radical. También tenemos el momento de aislamiento de los iniciados, que es un tiempo de pruebas y de maduración psicológica, espiritual y ética.

El acontecimiento importante de este tiempo de Cuaresma es, en efecto, los 40 días de nuestro Señor en el desierto, donde fue tentado por el diablo. El desierto es un lugar árido donde no crece nada, donde la arena refleja el calor del sol. Es un lugar difícil. Fue en el Jardín del Edén donde el primer Adán fue tentado. Es en la aridez del desierto donde Cristo será tentado por el mismo diablo. El desierto es un lugar nocivo, pero también un lugar donde en la soledad uno puede dedicarse mejor a la oración, lejos del ruido y la distracción. Estamos invitados a seguir las huellas de los Padres del Desierto para ir allí durante este tiempo de Cuaresma y renovarnos como Cristo.

Sin embargo, el verdadero desierto está en nuestro corazón, allí experimentamos la dureza de la existencia, pero también es el lugar de encuentro con Dios. Cristo es conducido al desierto por el Espíritu. Dejémonos llevar a lo largo de la Cuaresma por el Espíritu hacia lo más profundo de nuestro corazón. Sin él, no podremos hacerlo, por mucha buena voluntad que tengamos.

Marcos nos cuenta en el evangelio la tentación de Jesús en el desierto. No da detalles como los otros sinópticos. Según Mateo y Lucas, hubo tres tentaciones que se pueden resumir en tres cosas: el apetito, la ambición y la arrogancia, o el tener, el placer y el poder. Ellos corren por nuestras vidas, por nuestro día a día. Cristo nos muestra cómo evitar sucumbir a ellos. Mantente firme en la Palabra de Dios, porque es Palabra de vida y no de muerte. Cuando el diablo se dé cuenta de que estamos firmemente arraigados en Dios, huirá y el Espíritu Santo cuidará de nosotros.

La Cuaresma es, pues, un tiempo en el que se nos invita a permanecer en la Palabra de Dios, a leerla, a meditarla para ponerla en práctica. Si Cristo fue capaz de resistir al diablo, fue porque echó raíces en la Palabra de Dios. La Cuaresma es un tiempo de conversión, es decir, de transformación del comportamiento y de la mentalidad, un tiempo de paso de una vida indigna de Dios a una vida más digna de Él. Corresponde a cada uno de nosotros examinar el grado de distancia de Dios y formular el regreso a Él; “El tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios está aquí, conviértanse y crean en el Evangelio”.

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