25 noviembre 2020
25 nov 2020

En tierras lejanas: La historia de una experiencia de formación

Después de 7 años pasados en el Escolasticado Internacional dehoniano de Friburgo, Alemania, para sus estudios de Filosofía y Teología, el Hermano Colince Michel Fouateu, originario de la Provincia de Camerún, nos cuenta su rica experiencia en el país de Goethe, en relación con su inserción social y académica, así como con la vida comunitaria y los desafíos de la internacionalidad.

de  Michel Colince Fouteu, scj

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Dejar la tierra natal, el país, las costumbres, por otros horizontes nunca ha sido una prueba sin trampas y obstáculos. El descubrimiento de nuevas tierras siempre ha sido, por el contrario, una oportunidad para nuevos descubrimientos a través de experiencias ricas en enseñanzas, intercaladas con esfuerzos permanentes. Una experiencia que forma parte de la lógica de conocer al otro en su realidad.

Como un don de Dios, tuve el privilegio de ir lejos, a tierras lejanas y extranjeras y experimentar al otro en su ser y sus realidades. Un religioso africano que, después de su primera profesión de los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia a través de los votos, se va lejos, a tierras lejanas, para continuar su formación como sacerdote, con estudios de filosofía y teología.

Los dos principales desafíos

El descubrimiento del otro y de su cultura, sus costumbres y sus hábitos está ineludiblemente ligado al aprendizaje de su lengua, elemento esencial ya que es la puerta que se abre al conocimiento de sus misterios y que nadie desearía que permaneciera cerrada durante demasiado tiempo.

Por lo tanto, el primer desafío al que me enfrenté fue obviamente el de aprender el idioma. Un idioma para el que, como dijo el escritor y poeta irlandés Oscar Wilde, una vida entera de aprendizaje no sería suficiente: el alemán.

Con la ayuda de cohermanos de varios orígenes en la comunidad estudiantil de los Dehonianos en Friburgo y con mi propio esfuerzo personal, el tiempo que pasó me alejó gradualmente de mi ignorancia de esta lengua. Como resultado, los frutos no sólo cumplieron la promesa de las flores, sino que permanecieron fieles a ellas. La comunidad de Friburgo, en vista de su carácter cosmopolita, impuso una cierta disciplina lingüística. El lenguaje de Goethe se impuso consecuentemente como el principal medio de comunicación, como la única herramienta común. Este estado de cosas fomentaba el aprendizaje y el uso del idioma.

El segundo desafío fue el del choque cultural. De hecho, las costumbres y hábitos encontrados en Alemania son completamente diferentes de mis comportamientos culturales habituales.

Por ejemplo, recuerdo las comidas, en las que me costó mucho adaptarme… Otro ejemplo, esta vez relacionado con los comportamientos sociales, es la tendencia a la indiferencia hacia los extraños: casi nadie responde a un extraño que saluda.

Sin embargo, también conocí a gente muy abierta, acogedora, magnánima y siempre dispuesta a ayudar: en los tranvías, en la calle, en la universidad, en los salones de espectáculos, en la comunidad, en fin, a donde la providencia me ha llevado. La historia de mi primer encuentro amistoso con un compañero de estudios me marcó para siempre. Fue una tarde de octubre, al inicio del otoño, en un clima relajante. El nuevo año académico apenas había comenzado y ya teníamos trabajo que hacer en casa. La estructura de los cursos a principios de año lo hizo necesario. Me había escondido en la oscuridad del patio, preocupado por un ejercicio que me hacía sentir lástima de mí mismo. Un compañero de clase se dio cuenta, se acercó a mí, extendió su mano y me saludó. Después de responderle, me preguntó amistosamente si tenía algún problema y si necesitaba ayuda. Le expuse mi problema y él me lo explicó gentilmente y asegurándose de que lo entendiera. Luego se despidió y se fue… ¡Me maravilló esta agradable sorpresa y atención!

Durante mis 7 años de estudio vividos en Alemania forjé amistades que permanecen hasta el día de hoy.

Lecciones a aprender

La experiencia, cuyo viaje acaba de terminar, me ha permitido descubrir el esplendor de la cultura alemana, rica en su lengua, fiel a sus principios y meticulosa en su trabajo. También me ha permitido experimentar la evidencia de que sólo se puede vivir verdaderamente en un ambiente extranjero, en tierras lejanas, con gente que se conoce y se ama, si se aprovechan al máximo sus costumbres. Por supuesto, uno no debe omitir sus propias costumbres.

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