19 noviembre 2020
19 nov 2020

Desde el último rincón del mundo

© photo credit: Esteban Felix/AP

Panorama social y político de la situación actual en Chile. Las consecuencias de la pandemia. Los desafíos para la comunidad cristiana.

de  Julián Braun, scj

email email whatsapp whatsapp facebook twitter Versión para imprimir

Normalmente, Chile no salía tanto en las noticias internacionales y mundiales. Daba la impresión de ser un país más o menos tranquilo, bastante seguro, en comparación con otras partes de la región latinoamericana, con un cierto bienestar, por lo menos aparente, que atraía un flujo considerable de inmigrantes en busca de mejores perspectivas económicas. Corroborando esa percepción, el año pasado el presidente Sebastián Piñera dijo con cierto orgullo que Chile era como un oasis dentro del conjunto del contexto latinoamericano.

Las protestas populares de 2019

Pocos días después de esa afirmación atrevida y presumida, los acontecimientos se encargaron de desmentir crudamente esa percepción de un oasis de paz y tranquilidad. El día viernes 18 de octubre 2019 (el 18/O), estalló un movimiento fuerte de protestas y de revueltas no solo en Santiago, sino en varias ciudades importantes del país. Lo que gatilló esos movimientos fue el alza de 30 pesos en la tarifa del metro de Santiago. Todo el mundo se dio cuenta al instante que no era cuestión de treinta pesos; “no treinta pesos, treinta años”. El pueblo hizo ver y notar su descontento y su rabia acumulada durante treinta años, años que se sintieron marcados por el abuso, la falta de participación, el desinterés de la clase política dirigente para con el pueblo. La gente exigía que se terminara con las pensiones míseras e indignas, con la atención clasista en la salud, con el abuso de los bancos y de sus créditos usureros, y con la educación clasista y elitista. Pasaron días con mucha violencia, quema de estaciones de metro, saqueo de supermercados, incluso en varias partes se asaltaron templos, especialmente católicos. Por ejemplo, en la ciudad de Valdivia (800 km al sur de Santiago) se intentó saquear la iglesia San Francisco y se quemó algo del mobiliario de esa iglesia. Nuestros cohermanos que vivían en ese mismo recinto no sufrieron daño, pero pasaron varios días y noches de susto y de inseguridad. Se decretó el estado de emergencia en el país y el toque de queda regía en la noche.

La violencia contra los manifestantes

Durante varias semanas seguían las manifestaciones y demostraciones en Santiago y en varias ciudades. El viernes 25 de octubre se realizó la marcha-protesta más grande jamás vista en Santiago y en Chile: se juntaron 1,200.000 (un millón doscientas mil) personas para manifestar su descontento, su frustración y sus exigencias y deseos de cambio. Fue una marcha pacífica, a pesar de algunos incidentes violentos. Durante las semanas que siguieron, continuaron las protestas y demostraciones, en un clima tenso y explosivo: lo que más enardecía a los manifestantes, y a la opinión pública, fue el actuar de los carabineros (la policía) que cometían frecuentes abusos de poder y usaban en contra de los manifestantes una violencia desproporcionada: hubo un número considerable de personas con lesiones oculares u otras por el uso de balines y perdigones. La represión fue dura, e incluso hubo casos de tortura de parte de las fuerzas de seguridad.

Hacia una nueva constitución

El día 12 de noviembre se firmó un acuerdo entre los políticos de los distintos partidos para convocar un plebiscito sobre la pregunta si se quiere redactar una nueva constitución o no. Se fijó la fecha de ese plebiscito en el domingo 26 de abril 2020. Este acuerdo disminuyó un tanto la violencia de las manifestaciones, pero no terminó con ellas: el pueblo no daba mucho crédito a ese acuerdo firmado por los políticos. Había un clima de honda desconfianza en las autoridades y en las fuerzas del orden. Las protestas y manifestaciones seguían casi sin interrupción, especialmente en la Plaza Italia (también llamada Plaza Baquedano) donde había constantemente riñas entre manifestantes y policías.

Covid-19 y sus consecuencias

Lo que frenó las manifestaciones no fue el acuerdo de los políticos, ni la acción drástica de las fuerzas del orden, sino ese pequeño virus llamado covid-19 que trajo consigo una secuela de contagios y prácticamente paralizó el país. Se decretó cuarentena y toque de queda en las ciudades y en las regiones, según la virulencia de los contagios. El comercio quedó prácticamente paralizado, las aglomeraciones y reuniones quedaron prohibidas, los contactos entre personas se redujeron a su mínima expresión, a fines de marzo fueron suspendidas todas las reuniones y celebraciones litúrgicas. También: la Iglesia tuvo que organizar su misión a través de las redes sociales; las misas se transmitieron por Facebook, los sacramentos de bautismo, confirmación, matrimonios… se postergaron “hasta después de…” Todos los encuentros y reuniones se realizan online, por zoom o meet. La gente en las parroquias y en los colegios agradecen ese esfuerzo y lo valoran, pero sienten claramente el deseo y la “nostalgia” de verse cara a cara, de saludarse, de ver las expresiones de la cara y de los ojos, de ver una sonrisa, y no una cara tapada por una mascarilla. Durante los seis meses de estas restricciones seguimos acercándonos a la gente a través de las redes sociales para mantener el contacto y seguir entregando el mensaje del evangelio y la cercanía de Dios en estas circunstancias.

Con esa realidad de las restricciones que redujeron la vida social y pública casi a su mínima expresión, era previsible que aumentarían los problemas sociales; el despido y el desempleo, la falta de recursos que golpeaba fuertemente los hogares donde ya no llegaba el sueldo mensual… la pobreza aumentó muchísimo, al igual que la inseguridad por el futuro: ¿cuánto va a durar todo esto? ¿podré salvarme del contagio, o me va a tocar a mí también, o a alguien de mi entorno cercano?

Pobreza y solidaridad

Frente a esas situaciones angustiantes, muchísima gente, especialmente en las comunidades de la parroquia o del barrio, se dieron cuenta que la única forma de enfrentar esta emergencia era la acción solidaria, decidida y eficaz. En todas las parroquias se organizaron ollas comunes, comedores solidarios, recolección de alimentos etc.… para subvenir a las necesidades más urgentes de las familias desprotegidas. Esta generosidad nos permite ayudar a un gran número de personas y familias que habían quedado sin recursos. En las comunidades se vive la emergencia del virus como un desafío, una señal de Dios que nos llama a más solidaridad, justicia y fraternidad, a cuidarnos unos a otros y apoyarnos unos a otros.

La reanudación de los enfrentamientos y los abusos de la iglesia

El domingo 18 de octubre de este año, recordando lo acontecido el año anterior, se dieron manifestaciones fuertes, con muchas riñas entre carabineros y manifestantes. Incluso en Santiago algunos manifestantes quemaron dos iglesias católicas. Esas imágenes impactaron y fueron conocidas en todo el mundo. ¿Un ataque contra la Iglesia como tal? Tengo la sospecha que hay otra explicación posible: la Iglesia católica en Chile ha perdido mucho de su credibilidad y de su prestigio por los abusos que varios de sus miembros, incluso de la jerarquía, han cometido contra menores de edad o han ocultado y callado esos abusos. Creo que los manifestantes que quemaron los templos han sentido que esa Iglesia, o esa parte de la Iglesia, es igual de abusadora que los políticos, con el agravante que los jerarcas de la Iglesia abusaron de la confianza de las personas y violentaron su conciencia.

Forma de vivir juntos

El domingo 25 de octubre se realizó el plebiscito sobre la cuestión de la redacción de una nueva Constitución o no. Este plebiscito había sido programado para el 26 de abril, pero por las restricciones debidas a la pandemia no se pudo realizar en esa fecha. Hubo una participación masiva, a pesar de que el voto es voluntario en Chile, y llamó la atención la participación numerosa de los jóvenes. La alternativa “Apruebo”, a favor de una nueva Constitución, ganó por abrumadora mayoría; el 79% de los votantes se expresó por una nueva redacción de la Carta Fundamental. Sólo tres comunas en Santiago, las más acomodadas, marcaron su preferencia por la Constitución actual, que data prácticamente del tiempo de Pinochet. Y también la gran mayoría expresó su decisión de que la redacción de esa nueva Carta Fundamental fuera confiada a una comisión elegida por votación universal, no a una comisión de parlamentarios y políticos: una comisión elegida que represente todo el amplio espectro de la realidad nacional. Esta comisión, que será elegida el año que viene, tendrá un plazo de dos años para presentar la nueva Constitución que entonces será sometida un referéndum.

En nuestras comunidades seguimos trabajando serenamente en las parroquias y colegios donde desempeñamos nuestra misión. A pesar de las limitaciones que nos impone la situación sanitaria, podemos caminar con nuestras comunidades, utilizando los medios que la tecnología pone a nuestra disposición. Como toda la gente, anhelamos que en el futuro no demasiado lejano podamos volver a las celebraciones y los encuentros presenciales, para ver y sentir que somos comunidad de creyentes, la familia de Dios que gusta reunirse alrededor del Señor para ser testigos de su amor en este mundo que está hambriento de la presencia cariñosa del Padre.

Suscríbete
a nuestra newsletter

SUSCRIBIR

Síguenos
en nuestros canales oficiales

 - 

Suscríbete
a nuestra newsletter